José Antonio Mora
Crear es un sinónimo de libertad; una que no responde a compromisos, sino al mero hecho de soltar y dejar fluir ideas, pensamientos y emociones a través de diferentes medios. En el ámbito artístico, se trata de buscar soportes que plasmen esas ideas como un registro de inmortalidad. Sin embargo, al acecho está un enemigo silencioso pero omnipresente: la presión del «ideal de consumo». Esa idea maquiavélica de que debemos crear pensando exclusivamente en el éxito, en las cifras, en la viralización y en las tendencias.
Aquí es donde dejamos de ser creadores libres para convertirnos en artistas por encargo. Un encargo tan incierto como la volatilidad del cambiante consumo digital, donde predomina el scrolling y la apreciación fugaz; el placer inmediato frente al detenimiento, el análisis y el tiempo necesario para la reflexión.
Este veneno se esparce de forma tan astuta que ha minado el interés genuino por la creación. Peor aún, ha repartido frustraciones a diestra y siniestra entre artistas independientes que trabajamos desde nuestras capacidades individuales frente a las grandes compañías multinacionales.
Esta reflexión, que es en parte un diagnóstico de ese ataque constante que nos invita al círculo vicioso de pensar solo en la audiencia y dejar de lado la autonomía creativa, espera encontrar su antídoto. Uno que solo puede desarrollarse si, desde la sociedad, empieza a existir una respuesta sincera de respeto al arte y sus diferentes manifestaciones, junto al interés de consumirlo por lo que es y no por lo que pretende.
A mis colegas, los invito a ser firmes, indómitos, piedras de cuarzo blancas y puras. A ser fieles a lo que los hace únicos. Al público, al lector, al consumidor que he citado: seamos un río cristalino que muestre lo que prevalece en el fondo y no solo la forma. Esa forma que está manchada por la campaña constante del placer inmediato, el consumismo desmedido y esa idea tan baja de posicionar un idealismo cotidiano donde nos venden modelos de vida plagados de lujos, excesos, viajes y marcas.
Ojo, no digo que sea malo anhelar disfrutar de ciertos placeres en la vida, sino que estos no deben ser el fin, sino el resultado de un trabajo arduo. No deben ser el combustible de esa corriente engañosa que, en cifras frías, ya se está cobrando hasta las vidas de las nuevas generaciones debido a una frustración creciente.
Somos tierra, somos pueblo, somos costumbres, somos comunidad y raíces. Somos identidad; somos lo que no está en las fotos, pero sí en el corazón. Somos ceniza en proceso, así que hagamos que ese camino sea una obra de arte genuina y no una simple sublimación.
