Quilanga, 22 de enero de 2026
En la vida existen personas que habitan en el silencio y el trabajo; seres cuyos frutos hablan por sí mismos, revestidos de humildad, sinceridad y un compromiso eterno con su familia.
Hoy, al cumplirse el primer mes de su partida al encuentro con el Creador, y con el permiso de su familia, quiero honrar la memoria de Dolores Brígida Cueva Luna. Para sus hijos, nietos y bisnietos, ella fue siempre «Mamita Lola»; para sus amigos y vecinos, la señora Lola. Hija, esposa, madre y tierna abuela que, a sus 97 años, jamás desmayó en su fe ni en su devoción a San Vicente Ferrer. Domingo tras domingo, mientras sus pasos se lo permitieron, estuvo firme junto al altar, y en los días de enfermedad, recibió la comunión con la misma devoción de siempre.
Raíces y Valores
Dolores nació el 16 de noviembre de 1928 y partió el 24 de diciembre de 2025. Creció bajo el amparo de sus padres, Dolinda Luna y Sebastián Cueva, compartiendo su infancia con sus ocho hermanos: Ángel, Sebastián, Francisco, Olegario, Luis, Parcemón, Cenaida y Eroteida. Fue un hogar de luz donde primaron los valores humanos y cristianos, cimientos que le permitieron enfrentar los retos de la vida con voluntad y dignidad.
Aunque sus estudios primarios llegaron hasta el tercer grado, su mejor escuela fue la familia y la experiencia. Con sus manos hábiles se convirtió en una tejedora artesanal de alforjas, jergas, cobijas y ponchos, elementos propios de la identidad quilanguense. Con la madurez, su esfuerzo se trasladó al campo: se dedicó a la agricultura —especialmente a la siembra y cosecha de café—, a la ganadería y a la producción de quesos.
Legado y Familia
A los 25 años contrajo matrimonio con el joven Aníbal Anastasio Cueva Jaramillo. De esa unión nacieron once hijos: Fredy Sebastián, Leoncio Rodrigo, Pío Gonzalo, Hugo Amable, Ronal (+), Mónica Esperanza, Nélida, Aníbal Anastasio y Galecio Cueva Luna (dos de ellos fallecieron siendo muy pequeños). Su bendición se extendió con el tiempo a 19 nietos y 16 bisnietos.
Su vida matrimonial y familiar echó raíces primero en el barrio Loana y luego en su eterno rincón de Aminduro, dejando a Quilanga como su sitio de descanso dominical. En su hogar, Lola fue fortaleza en la debilidad y refugio de paz en la incertidumbre; su generosidad nunca faltó para quien cruzara el umbral de su puerta.
El encuentro final
Si el silencio de su casita fue su fiel compañero hasta el final, así de silenciosa fue su partida. Sin embargo, el eco de su vida convocó a familiares, vecinos y allegados. Las redes sociales se inundaron con mensajes de cariño, gratitud y respeto, reflejando el impacto de su paso por este mundo.
Sus hijos y familiares lloran su ausencia, pero sus corazones desbordan gozo al saber que estuvieron junto a ella cuando más los necesitó. Tras la muerte de su esposo, nunca la abandonaron; en turnos amorosos, cada hijo fue su bastón seguro y el consuelo en sus noches de desvelo, aguardando juntos su descanso definitivo.
Desde hace un mes, el cielo la recibió entre sus ángeles. Allí, finalmente, se ha reencontrado con su esposo para volver a abrazarse y caminar juntos por la eternidad. El ejemplo de Dolores no termina con su partida; se convierte ahora en una semilla de esperanza para nuestra tierra. Su vida nos enseña que la construcción del Quilanga de nuestros sueños no se logra con grandes estruendos, sino con el trabajo silencioso, la honestidad del campo y la unión de la familia, cuya luz seguirá guiando nuestros surcos.
