P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La Iglesia invita a celebrar el Domingo de la Palabra de Dios, fuente de vida, pilar fundamental en la Historia de la Salvación con la Tradición y el Magisterio. De la Sagrada Escritura podríamos reflexionar con mucha amplitud porque su contenido, inagotable y profundo, tiene actualidad. En la literatura rabínica, propia de grandes maestros, encontramos criterios que realzan verdades y dejan enseñanzas que viven en el tiempo como tesoros llenos de misterios. Compartimos algunas de ellas: “La Palabra de Dios tiene setenta caras”.
Entendemos que, en ella, cada mensaje nos sorprende. La lectura asidua de la Biblia despierta en nosotros la fascinación por lo oculto y lo evidente. Dios, decia San Agustín, habla al modo humano, a través de personajes que viven historias muy variadas. Con su Palabra transforma cada espacio interior del hombre y cada lugar del mundo. Los testigos de la fe, los santos, encontraron en ella el fundamento de su vocación y el motor que dinamizó su vida hacia un camino de conversión. Otra orientación, para valorar la riqueza de este libro, enseña : “La Palabra de Dios, se parece a un río, cuyas aguas caudalosas desbordan su cauce”.
La fuerza de su contenido, tan incontrolable como la energía del universo, golpea las riberas de la naturaleza humana. Nos encontramos, con alguna frecuencia, sorprendidos a causa de un fenómeno que llega, nos desubica y nos coloca en el momento y en el lugar impensado. Enfrentamos nuevos retos; asumimos compromisos que alteran el rumbo de la existencia. El Nuevo Testamento, de modo especial, constituye uno de los tantos afluentes de esta fuente de agua viva. San Pablo exhorta a los miembros de la comunidad de Corinto “en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos vivan en concordia y no haya división entre ustedes, a que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar”. El Apóstol utiliza el fuerte recurso de la palabra para fortalecer la convivencia humana y espiritual en una entorno muy variado y rico.
Cada frase de Pablo llega con la fuerza renovadora de un viento que los ubica en el lugar más seguro: “No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio, y eso, no sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo”. La palabra que transmite cada misionero genera respuestas para mejorar. San Marcos, con su proverbial estilo literario, lleno de colorido y con un realismo que sorprende, nos cuenta la historia de los primeros compañeros de Jesús. Ellos, hombres sencillos, habitantes de un mundo dedicado al trabajo en el mar, miran a un hombre que les habla con palabras que cambian su rutina.
En la ribera del mar de Galilea, un personaje los llama a asumir otra tarea. Marcos cuenta que “ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron”. La palabra de Jesús, llena de autoridad, les devuelve el sentido de su vocación: “Síganme, y los haré pescadores de hombres”. La misión, con aquella Palabra de Jesús que los desconcierta, los llevará por caminos desconocidos. Ellos, como nosotros, viven la aventura del anuncio del Reino de Dios. Jesús, camina, mira nuestro corazón. Nos llama a pescar.
