Los milagros del café: 200 años de identidad lojana

Quilanga, 29 de enero de 2026

Juan Luna

El milagro del café ofrece un abanico de sabores, aromas y matices que no conoce fronteras. Dulce o amargo, suave o intenso, de tueste oscuro o claro; degustarlo es, en esencia, un regalo de los dioses.

Loja y sus cantones ofrecen, desde la década de 1820, el mejor café de altura —hoy convertido en café de especialidad—. Esta excelencia nace de la diversidad de nuestros microclimas y de ese pequeño grano que, cultivado por generaciones, se ha vuelto parte indisoluble de nuestra identidad, historia y esfuerzo.

La historia relata que la primera planta de café se sembró en Cariamanga en 1823. Este hito marcó a una de las provincias más distantes del centro político y económico del país, dando inicio a una tradición que hoy no solo se mantiene, sino que se proyecta al mundo. Hacia 1826 se obtuvo la primera cosecha: un primer quintal de café que trajo consigo la alegría de ver el fruto del esfuerzo, un logro que sentó las bases de nuestra riqueza actual.

Las manos de los campesinos de antaño, con sus ideas sencillas y saberes profundos, cultivaron la tierra con ilusión y ternura. Sus esfuerzos del ayer se plasman hoy en cada taza que disfrutamos. Ese café humeante en la mesa, por la mañana o a media tarde —como dicta la buena costumbre lojana—, es un espacio de encuentro y conexión familiar. Cada sorbo resume una herencia de cultura, sabiduría y valores sobre la que se cimienta nuestra provincia.

Desde su nicho en el cantón Calvas, el cultivo se extendió hacia sus vecinos. La disponibilidad de tierras vírgenes, las huertas familiares ancestrales y las condiciones biofísicas privilegiadas permitieron que el café se integrara rápidamente a la alimentación y a la forma de vida de los pueblos del sur.

En el final de la cordillera de los Andes, sus montañas, páramos y vertientes son testigos fieles de una suma de tradiciones. Alrededor del café se han tejido historias de amor y desamor, relatos de lucha férrea en jornadas agotadoras, pero, sobre todo, historias de perseverancia y triunfo. Muchos agricultores y pequeños comerciantes partieron sin ver cristalizadas todas sus aspiraciones, pero dejaron su legado en cada centímetro de tierra labrada y en cada planta sembrada.

Hoy, los ojos del mundo están puestos en nuestra provincia. La ciencia, la cultura y la tradición se alían para fortalecer un camino de 200 años en que esta planta milagrosa llegó para quedarse. El café ha sido el eje de la familia y el motor del progreso del hombre y la mujer lojanos.

Este legado vive en el recuerdo de quienes, como mi padre, Ovidio Agustín Luna, dedicaron su vida a sembrar, comercializar y creer en este grano, dejando una huella de esfuerzo y generosidad en nuestra comunidad. Por ellos y por quienes vienen, sigamos sembrando café, con la misma convicción con la que sembramos la esperanza en mejores días.