Lectura, atención, contemplación y ontología filosófica

Galo Guerrero-Jiménez

Trabajar en la diversidad y en medio del ruido enorme que nos trae la información digitalizada, es cuando más tenemos que prestar atención a lo que leemos, cómo leemos, qué seleccionamos y en qué condiciones anímicas nos aprestamos para procesar el conocimiento adquirido; por supuesto, no solo al leer, sino cuando escuchamos y cuando hablamos de algo que nos interesa enunciarlo. Atender, es decir, poner a disposición nuestra capacidad cerebral, es quizá lo más esencial a partir de la concentración que mentalmente debemos ejercer para codificar y procesar la información que, en efecto, produce el aprendizaje, el estudio, el disfrute.

No hay aprendizaje ni disfrute sino se lee con atención; la atención nos permite la respectiva concentración, e incluso la contemplación, tan venida a menos en tiempos de exceso de información. Pues, la atención favorece la interiorización del conocimiento aprendido desde el efecto lector; se trata de un proceso mental que forma categorías en el aprendizaje de conceptos, crea rutinas y hábitos de aprendizaje (Caballero, 2017) que canalizan la búsqueda de significados y de sentidos a los que nos promueve una lectura afectiva y efectivamente asumida con el mayor grado de agilidad activa, y todo, con el ánimo de profundizar en la vida de ese mundo exquisito de lenguaje que reposa en la página de papel o en la página de la pantalla digital que, si el lector no trabaja desde la búsqueda del silencio y de la paz interna que se necesita para concentrarse, la lectura, en ese caso, no pasa de ser un mero desgaste cerebral, puesto que los nuevos medios de comunicación electronal, en especial el de las pantallas digitalizadas, aunque son admirables por la cantidad de facilidades para navegar en la búsqueda de la información, pero son alienantes porque no le permiten centrar la atención en la información, dada la inmediatez con que llega la información, y mucha de ella, conformada por cantidad de basura ideativa, intrascendente, nociva y sin ningún código ético-estético y hermenéutico que sea cualificable para que permita al lector discernir y aplicar la capacidad analítica, dialéctica y ontológico-filosófica para que pueda extraer lo sustancial de lo leído.

Y el ruido mental que produce toda esta información apabullante y desordenada, aleja la intención sana del lector para concentrarse y vivir, al menos, por el tiempo de la lectura, desde el elogio de una vida pensante, reflexiva, ataráxica y profunda desde un accionar contemplativo, es decir, para leer y estudiar con gracia, desde el silencio físico y mental más profundo, hasta llegar a propiciar una dialéctica de la inactividad, como dice Byung-Chul Han (2024), es decir, se trata de crear una zona de indeterminación que nos capacita mentalmente para producir algo que no ha existido en el texto y que, por ende, se crea en la mente del lector, dada la capacidad mimética que se genera en el acto contemplativo de ese lenguaje que logra empoderarse de la mente del lector para provocar, como en el caso de la poesía, por poner un ejemplo planteado por Han: “La poesía suspende el lenguaje entendido como información. En la poesía el lenguaje se pone en modo contemplación. Se torna inactiva: ‘La poesía es precisamente (…) el punto en que la lengua, que ha desactivado sus funciones comunicativas e informativas, descansa en sí misma, contempla su potencia de decir y se abre, de ese modo, a un nuevo posible uso” (2024) inédito, gozoso, dado el protagonismo tan personal para congraciarse con el tono poético.

En efecto, este estado contemplativo de la lectura desde la atención más sentida, se condensa en lo que sostiene Kohan: “La persona que lee lo que más le apetece se repliega en sí misma. No importa el lugar, la hora, el entorno, nada cuenta, se integra con el libro, entra en contacto con el mismo, sin intermediarios. Es quien dirige el juego, actúa con total libertad” (1999), dado el principio de autonomía del que goza el cerebro mental: atento, silencioso, concentrado.