P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
Los profetas dirigen su mensaje a las comunidades con la finalidad de llamarles a la conversión. Combinan diversos géneros literarios como las amonestaciones y comparaciones. En el caso de Isaías, su palabra viene cargada de imperativos que denotan fortaleza y compromiso frente a una realidad socio religiosa llena de ambigüedades. Nos invita a compartir el pan con el hambriento, a abrir la casa a quien no tiene techo, a vestir al desnudo y a guardar la espalda a su propio hermano. Les recuerda que, en su vida, Dios ilumina su camino y el de muchas personas: “Surgirá tu luz como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas…”.
Los profetas comparten esperanza y fortaleza”. El buen padre conoce a sus hijos, los guía por el camino más seguro. El Señor, que los ama y los escucha, responde, les exige acciones concretas: “Cuando renuncies a los demás y destierres a ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva…sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía”. La voz del Profeta, golpea con dureza en los oídos y la conciencia de quienes hacen caso omiso a la práctica de la justicia social. La Buena Noticia, palabra que sale de la boca de sus mensajeros, cuestiona e incomoda.
En el mundo del Nuevo Testamento, Jesús es el Profeta por excelencia. Toda expresión que brota de las entrañas de su corazón lleno de misericordia resuena y perdura. San Pablo, el Apóstol de las naciones, como se autodefine, asume este rol. Despojado de su ego, camino a Damasco, vivió la experiencia del encuentro. El libro de los Hechos de los Apóstoles, al tiempo de narrar su vocación y su conversión, destaca el contraste en el cambio de sus proyectos de vida. San Lucas cuenta que, aunque tenía los ojos abiertos, no podía ver la luz que lo iluminaba. Su vida cambió radicalmente.
Cristo, la razón de su misión, lo llena de desafíos y retos. Habla a los Corintios, desde la profundidad de su corazón, para que el mensaje provoque cambios en ellos: “Resolví hablarles de Jesucristo crucificado…no quise convencerlos con palabras de hombre sabio, los convencí por medio del Espíritu y del poder de Dios…”. Pablo, testigo de Cristo, irradia su luz. Misionero incansable, dispuesto a morir proclamando por el mundo que el único medio de salvación es la configuración total con el Resucitado. San Mateo, autor del Evangelio que destaca el señorío de Jesucristo, transmite las palabras que reafirman la grandeza de una vocación: “Ustedes son la sal de la tierra…Ustedes son la luz del mundo”.
Acentúa la importancia de su palabra proclamada: “Que brille la luz de ustedes ante los hombres para que, viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre que está en los cielos”. A partir de este manifiesto salvífico debemos disponer nuestra memoria y voluntad para fortalecer nuestra vocación misionera. La Iglesia, Pueblo de Dios, alimenta nuestra fe a través de la actualización frecuente de su memoria. En ella, encontramos los medios para evangelizar a la humanidad. Nuestra voluntad, fuerte como el acero, podrá sostener cualquier acción orientada a anunciar a Jesucristo, nuestra luz.
