Diego Lara León
Hace ya varios días en una enriquecedora charla con un viejo y querido amigo, me comprometí a escribir algo sobre política, les recuerdo que yo soy reacio a hablar o escribir de política, sobre todo de política electoral, porque no la conozco a profundidad y no me atrae, es más, como decía mi abuelo, “me da chirincho la política electoral”. Sin embargo, y como las promesas se cumplen, hoy analizaré, desde el punto de vista empresarial, si es que cabe la analogía, como va la política en la actualidad. Tómenlo como un comentario, no como una crítica, peor aún como una sentencia.
Leyendo la historia y escuchando a los viejos, hubo un tiempo, no tan lejano, en el que los partidos políticos funcionaban como escuelas de liderazgo (sin juzgar su ideología). La lógica era simple, antes de poner un nombre en la papeleta, se invertían años en formar cuadros, construir criterio, foguear en territorio y transmitir una visión. La candidatura era la culminación de una carrera interna, el partido seleccionaba, entre sus mejores talentos, a quien podía representar el proyecto con solvencia, consistencia y capacidad de negociación.
Hoy, salvo pocas y honrosas excepciones, el proceso parece invertido. En vez de que el partido promueva a sus mejores perfiles, los aspirantes salen a buscar un partido que les sirva de vehículo y se autodenominan “la mejor opción”. Se instala una dinámica de oferta por demanda, “yo traigo popularidad, financiamiento y presencia mediática, y tú me das logo, casillero y estructura”. Lo que antes era propósito compartido, ahora parece un trato de conveniencia, con poco compromiso de largo plazo.
La analogía empresarial pone el problema en términos de gestión. Una organización seria no improvisa su alta gerencia, desarrolla talento, mide desempeño, evalúa integridad y protege su cultura. No es romanticismo, es control de riesgo reputacional y operativo. La marca, construida con consistencia, es un valioso activo. Si una empresa renuncia a su cantera de liderazgo y nombra como CEO al perfil más ruidoso, quizá logre euforia de corto plazo, pero paga en decisiones erráticas y pérdida de confianza.
¿Por qué se dio el giro en la política partidista? Creo que por causas estructurales. La militancia se redujo, la vida partidaria se burocratizó y la era de la inmediatez premia lo viral por encima de lo coherente. En la carrera por votos, muchos partidos priorizan alcance sobre identidad, fichan figuras con exposición mediática o capacidad de financiamiento, aunque no compartan ideología. Es como reemplazar estrategia por marketing, eso genera tracción, pero diluye el posicionamiento y vuelve intercambiables a los actores. Cuando todo es negociable, nada se defiende con convicción.
También creo que cambió el modelo operativo del candidato. Antes, el aspirante escalaba dentro del partido, asumía responsabilidades, aprendía a negociar sin romper la institución y se formaba en una línea de pensamiento. Ahora en la mayoría de los casos, opera como emprendedor individual, es decir, arma narrativa, equipo, presupuesto y luego busca plataforma para cumplir requisitos legales. Es como un esquema tipo franquicia, el partido “alquila” su estructura, el candidato compra acceso. En términos de gobernanza, el incentivo es perverso, el partido se vuelve intermediario y no constructor de proyecto, es como que en una empresa sea más importante el CEO que la misma empresa.
Cuando desaparece el filtro, se diluyen los valores, eso puede llevar a que la política deje de ser proyecto colectivo y se vuelva marca personal. Las propuestas se pueden volver genéricas, diseñadas para gustar a todos, como presentaciones corporativas llenas de slogans y vacías de decisiones difíciles. Sin ideología no hay brújula, sin brújula no hay prioridades, sin prioridades no hay impacto. La gestión pública puede terminar con objetivos difusos, sin indicadores claros y sin rendición de cuentas.
Y, sin embargo, así como en la empresa, creo que si hay ruta de recuperación. Las empresas cuando tienen conflictos y pierden el horizonte, reordenan su gobernanza, los partidos políticos pueden definir principios operativos y hacerlos exigibles. Procesos internos transparentes, primarias serias, debates, evaluaciones deben premiar mérito y capacidad de ejecución. Y la formación en ética pública y gestión no puede ser opcional, es la base del “talento” político. Como en el sector privado, el logo no se alquila, se honra.
Las sociedades y su democracia necesitan instituciones que piensen en el largo plazo. En el mundo corporativo, el corto plazo sin estrategia se llama decadencia; en la política, creo que podría llamarse estancamiento. Volver a escoger candidatos desde los mejores cuadros no sería nostalgia, sería competitividad país. Si vemos a un partido como una institución, y si éste recupera su rol de incubadora de liderazgo, la ciudadanía quizá podría dejar de elegir solo rostros y empezar a elegir proyectos; y los resultados, por fin, podrían generar impacto con enfoque, métricas y teniendo como fin fundamental la calidad de vida de la sociedad que los elige.
@dflara
