Por: Sandra Beatriz Ludeña Jiménez
Este es un homenaje a un pintor, “El pintor de las manos”. Se llamaba Eduardo y su apellido Kingman, mas, hay que resaltar que su oficio trascendió las habilidades artísticas, pues, no solo hacía caricaturas, tomaba el pincel para trazar razones identitarias, latidos del pueblo indígena que, por ese entonces, nadie miraba.
Para Kingman el dolor y la belleza eran parte de una misma historia, el color y sus tonalidades eran el instrumento. ¿Cómo no recordarlo? ¿Cómo no mencionarlo? En sus obras se traduce una historia profunda, donde se desenvuelve la patria, hecha de tierra que, a la vez, el ojo humano convierte en madre. Así, nadie como Kingman para capturar al hombre y sus emociones más profundas, nadie como “El pintor de las manos”, para enlazarnos con ese valor identitario.
Nació en 1.913 trayendo consigo un compromiso social que trascendía el común del hombre de su generación. Luego de madurar como artista, ya disfrutábamos de obras como: Los Guandos, El obrero muerto, La hora oscura, La muda de la flor, Mundo sin respuesta. Su expresionismo era tal que, nadie puede contemplar su obra sin sentir esa tremenda intensidad en su expresión emocional. ¿Cómo no sentirlo, si su color descubre la herida? Cómo no percibirlo, si su respuesta al espectar la realidad, abre un ojo ensanchado, por donde pesa el dolor del otro, la carga del prójimo es nuestra carga y, todo lo que es ajeno, pasa a ser de incumbencia propia.
Eduardo Kingman Riofrío fue hasta el día de su muerte en el año 1.997 un luchador, un trabajador. Esta manera de percibir el arte, lo diferencia, lo hizo trascender. Su obra comunica valores como el amor, sacrificio, fuerza de la realidad indígena que no siempre tiene un lugar en la cultura. Exponer la herida social, hacerla visible, mostrar el sacrificio silencioso del obrero, del hombre más desposeído, del que nadie se preocupa, quizá ese sea su mayor mérito.
Pero, más allá, de su compromiso social, Kingman pintó su respuesta al abandono. Fue así que toda su obra obedecía a un deseo incomprendido de expresar su orgullo mestizo. Se sabe que fue hijo de un famoso médico estadounidense llamado Edward Kingman, quien vino al Ecuador para dedicarse atender el paludismo, radicándose en la ciudad de Loja, donde contrajo matrimonio con Rosa Riofrío, pero, que luego abandonó para radicarse en Connecticut, dejando atrás la familia que había formado en nuestro país. Su hijo, Eduardo Kingman hizo valer las raíces mestizas, haciendo del tema indigenista, el principal eje de su obra artística.
Las manos que se ven en las obras de Kingman muestra un lado tan sensible con lo humano. Delinear la forma más subjetiva del ser humano, quizá sea la más compleja tarea que un artista puede imponerse. Eduardo Kingman lo hizo de forma sobresaliente. Mas, su verdadero mérito es mostrar el dolor campesino, el sacrificio del obrero, hacerlo palpable, aquello muestra su entrañable compromiso con el pueblo latinoamericano y su realidad en cada mano sufrida, en cada dedo alargado. El pintor de las manos sigue vivo, sigue mostrando realidades, con él la voz del pueblo, con él la presencia del obrero, del campesino muestran sus manos abriéndose al orgullo indígena.
