PASÓ HACIENDO EL BIEN

 P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Después de acompañar a Jesús, en su pasión y muerte, los cristianos celebramos la alegría de la resurrección. Cristo ha resucitado. Nos regala una vida nueva. Vivimos el comienzo de un camino de esperanza. La celebración de la Pascua da sentido a nuestra fe. La primera comunidad cristiana proclama con júbilo la victoria de Jesús sobre la muerte. Pedro, el discípulo que negó tres veces a Jesús, recuerda a viva voz lo sucedido en toda Judea. Que tuvo su principio en Galilea…y cómo pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos, porque Dios estaba con Él”. La actualización de los dichos y hechos, proclamados y realizados por Jesús, refuerza la riqueza del anuncio de la Buena Noticia. La semilla que esparce el Buen Pastor, caerá en buena tierra.

El mundo cosechará buenos frutos. Pedro se ufana de dar testimonio de los acontecimientos suscitados en torno a Jesús. Los primeros cristianos, hombres y mujeres llenos de fe, asumen la misión de “predicar al pueblo que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos…que, cuantos creen en Él reciben, por su medio, el perdón de los pecados”. La resurrección es el día del triunfo del Señor. A Él, debemos dar gracias, porque su misericordia es eterna. Dios ha hecho maravillas por su pueblo. La humanidad que “ha resucitado con Cristo”, está llamada a buscar los bienes más altos para disfrutar de la plenitud de una vida llena de gloria.

El Discípulo Amado, Juan, testigo directo de la resurrección del Señor, describe, paso a paso, los momentos claves que quedaron grabados en su memoria. Desde su visión cristocéntrica narra la presencia de la única mujer, María Magdalena, que fue al sepulcro en la oscuridad del primer día de la semana a buscar a Jesús. Ella, en su antigua vida de pecado, ungió los pies de Jesús, los besó y recibió el perdón. Pasó de una realidad de marginación social a un encuentro con una vida renovada. Jesús, la razón de su conversión, le devolvió su dignidad. María “vio removida la piedra que lo cerraba”. Las palabras que pronuncia, entre la sorpresa y la angustia, reflejan la necesidad de una presencia real: “Se han llevado del Sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Jesús, Camino, Verdad y Vida, caminó con ellos por lugares donde era necesario llevar un mensaje de paz. Pedro y Juan, después de llegar al sepulcro contemplan los lienzos puestos en el suelo y el sudario doblado en otro lugar.

La escena final de la búsqueda del cuerpo de Jesús, al tiempo de ser dramática, aclara el ambiente oscuro y tenso. Juan concluye: “Vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos”. El Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros ha cumplido su misión. En la cruz, una de sus palabras, que brotan de un corazón agonizante, muestran la fuerza del amor auténtico: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Jesús entregó su vida para que tengamos vida en plenitud. La resurrección de Jesús es la totalidad de una misión para que nosotros hagamos lo mismo que Él hizo.