Rafael Riofrío
Mientras el presidente Noboa ensaya discursos de “seguridad y crecimiento”, la realidad es otra. En las calles y en el campo la brecha de la pobreza se ensancha, entre tanto el silencio oficial se convierte en una bofetada para quienes deben decidir si hoy se compra medicinas o el pan diario.
Las cifras son frías, pero el hambre es persistente. Al inicio de la gestión de Noboa, la canasta familiar básica rondaba los 784 dólares. A marzo de 2026, esa misma canasta ha escalado a los 830 dólares. Es un golpe seco de casi 45 dólares adicionales en el costo de vida. Sin embargo, el incremento del salario básico unificado apenas alcanzó los 32 dólares. Este desfase no es un simple error de cálculo; es un asalto al poder adquisitivo del pueblo. De hecho, el costo real para cubrir esas necesidades básicas ha subido un 40% respecto a la capacidad de pago del trabajador.
Esta crisis no golpea a todos por igual. Según el propio INEN el análisis de los quintiles de ingresos revela una herida profunda, el 60% de la población pertenece a sectores que, simplemente, no alcanzan a cubrir la canasta básica con su trabajo diario. En las zonas populares y en la ruralidad, donde el empleo digno es una quimera, además 7 de cada 10 personas sobreviven en el subempleo o la informalidad, la política económica de Noboa es una sentencia de agonía. A este panorama desolador se suma el peso de un IVA al 15% que ahora castiga a 60 productos que antes estaban exentos, y una gasolina ecopaís que ya superó los 3 dólares.
Mientras la canasta básica se vuelve un objeto de lujo y el IVA castiga el bolsillo de los más pobres, resuena con crueldad aquella frase del presidente Noboa diciendo: “Los invito a trabajar duro…, y estoy seguro van a tener entrada, plato fuerte y postre”. Es un insulto a los 11 millones de ciudadanos que se parten la espalda en el campo y la ciudad solo para ver cómo sus ingresos se evaporan.
A medida que Noboa administra un Ecuador “próspero” para tik tok, en el real, se está peleando por medicinas, por seguridad, se está luchando por la dignidad de un plato de arroz que su gobierno, entre silencios y gasolinazos, le está arrebatando al pueblo.
