Anita Beatriz Santín Marín: una voz que se guarda en el alma de Quilanga

Quilanga, 20 de abril de 2026

En este paraje del cantón Quilanga —de aroma exquisito por su café, naturaleza prístina y riqueza cultural— transcurre la vida de una distinguida y honorable mujer: Anita Beatriz Santín Marín. De sonrisa amplia y franca, ojos vivaces y una voz exquisita le permitía interpretar los más hermosos pasillos.

Nacida el 20 de junio de 1944, creció bajo el cuidado de sus padres, Néstor Isidoro Santín y Adolfina Marín Castillo, compartiendo su infancia y juventud con sus hermanos Gloria Esperanza, Silvio Gumelino y Fernando Isidoro.

Al bordear sus 30 años, Anita Beatriz contrajo nupcias con Florentino Castillo Rojas. De esa unión nacieron sus hijos: Manuel de Jesús (+), Dora Beatriz, Erasmo Florentino (+), Mercy Adolfina y Estelita Yolanda (+). Los dos sufrieron la temprana partida de tres de sus hijos, dolor que guardaron siempre en lo más íntimo de su corazón.

La felicidad y madurez del hogar se alimentaba con el trabajo compartido. Doña Beatriz colaboró durante muchos años en la atención del bar escolar, tanto en la escuela como en el colegio. Sus alfeñiques calientitos, sus chupetes y las suaves empanadillas —siempre acordes a la economía de los pequeños— eran el tesoro de la hora del recreo. Vendía a quien llevaba su moneda y, con generosidad, fiaba a quien no la tenía; lo cierto es que hoy no hay adulto en Quilanga que no recuerde con gratitud los sabores de «doña Bachita».

Dotada de un talento artístico único, era frecuente verla en las noches de velada cultural cantando aquellos pasillos de antaño. Lo hacía junto a su madre Adolfina, su tía Macrina o su hija Dorita. Por su alegría y don de gentes, ella solía encabezar las fiestas de carnaval, entre juegos de agua y el infaltable y delicioso aguado de leche. También lució la banda de madre símbolo de la Escuela “Francia”.

Desde hace diez años enfrenta los desafíos del Alzheimer. El cuidado abnegado de su esposo y sus dos hijas, quienes no se han separado de su lado. Sus seis nietos (de las familias Cueva-Castillo y Rojas-Castillo) permanecen siempre pendientes de la abuelita que, en sus infancias, nunca escatimó un abrazo.

Su hija Dorita, quien nos ha permitido reconstruir esta historia, nos ofrece su testimonio: “Mi madre fue una mujer muy buena, pronta a servir y ayudar; alegre, entusiasta y emprendedora. Sufrió el dolor de perder a sus hijos, pero jamás desmayó en su deseo de hacer el bien”.

A sus 80 años, la enfermedad impuso un silencio profundo. Sin poder pronunciar palabra, Anita Beatriz aguardó en paz la hora del encuentro con el Creador y con aquellos seres amados que se le adelantaron en el camino.

PAZ EN SU TUMBA.