Homenaje a Rosa María Riofrío Peña

Efraín Borrero Espinosa

Black and white portrait of Rosa Maria Riofrio Peña, an obstetrician from 1880 to 1933, with her hair styled elegantly and wearing earrings.

El día sábado dieciocho del presente mes de abril de 2026, la I. Municipalidad del Cantón Loja realizó el acto de develamiento del nombre de la calle Rosa María Riofrío Peña, en la Urbanización del Colegio de Odontólogos.

Esta acertada decisión del Cabildo, que ha sido muy aplaudida, honra la memoria y consagra el nombre de una notable mujer lojana que dedicó su vida al servicio de la comunidad como la primera obstetriz de Loja.

Conozco su vida y es verdaderamente conmovedora, porque entrelaza la tragedia personal con una vocación de servicio inquebrantable. Alguna vez la comenté basado en la versión de familiares y en otras fuentes, y bien vale recordarla con ocasión de este merecido homenaje, porque es un testimonio de cómo la resiliencia transformó su propia vivencia en un refugio para albergar la nobleza de un espíritu profundamente humano, bondadoso y solidario.

Rosa María Riofrío Peña nació en Loja el trece de agosto de 1880, hija del doctor Francisco Riofrío Samaniego y de doña Carmen Peña Ojeda. Tuvo una vida llena de vicisitudes que sólo con coraje y tesón pudo vencer. Lo primero que ocurrió fue que su padre falleció cuando ella estaba en el vientre de la madre, quien le prodigó cuidado durante los primeros años de su niñez. 

Años después, doña Carmen Peña se enamoró de un hacendado peruano de apellido Alcocer y contrajo segundo matrimonio, condicionado a que ella debía radicarse en el norte peruano y a dejar a su hija Rosa María en Loja. Bien se dice que “la vida es una dama caprichosa que juega con los humanos”  

Carmen Peña Ojeda, entre la espada y la pared y en la desesperación por resolver su problema, acudió a su mejor amiga: Mercedes Torres, “personaje de tradición y cultura, además de contar con muchos recursos económicos e influencia en la sociedad”. Luego de comentarle la situación le imploró su ayuda: amiga querida, por favor auxíliame, te entrego a mi hija para que la cuides como propia.

Mercedes Torres se hizo cargo de ella y le brindó cariño y dulzura.  Le prodigó una educación esmerada y contrató profesores de arte y cultura para una educación integral. En edad escolar la inscribió en el Colegio San Bernardo para que se formara como obstetra, destacándose siempre por su dedicación y capacidad. 

Luego de cursar sus estudios en ese establecimiento educativo el dignísimo y prestigioso médico y formador de varias generaciones, doctor Zoilo RodríguezRojas, en su calidad de Rector del Colegio “San Bernardo”, confirió a Rosa María Riofrío Peña la investidura para el ejercicio de la obstetricia y le otorgó el título correspondiente el primero de diciembre de 1901, cuyo original es conservado celosamente por sus descendientes.

Es preciso hacer notorio que el veinte y dos de noviembre de 1895, el Presidente Eloy Alfaro emitió el Decreto publicado el veinte y seis de noviembre de 1895 en el Registro Oficial número cincuenta y uno, con el cual posibilitó la enseñanza de Medicina en el Colegio San Bernardo; así mismo, que el cinco de septiembre de 1902 decretó el cambio de nombre de San Bernardo por el de Bernardo Valdivieso, como justo homenaje a la memoria de su ilustre benefactor.

Luego de algunos años el destino la premió cuando conoció al correcto ciudadano azuayo, Tomás Moisés Torres Andrade, con quien contrajo matrimonio, fruto del cual nacieron sus hijos: José Victoriano, Luz Mercedes, Luis Honorato, Celia Rosa, Mariana de Jesús, Rosario Judith, Vicenta Amada, Ángel Cornelio, María Dolores Imelda y Martha Elvira Torres Riofrío, conformando una familia respetable y apreciada por la colectividad lojana.

Desde la distancia en territorio peruano, específicamente desde la hacienda en la que moraba, Carmen Peña aprovechaba la oportunidad que ocasionalmente se le presentaba para enviar misivas a su familia en Loja con algún “propio”. En una de ellas dirigida a su nieto, Victoriano Torres, le expresa sus sentimientos de añoranza y cariño.

José Victoriano Torres Riofrío fue un benemérito y respetable sacerdote lojano; periodista y cultor de las letras. Canónigo de la Catedral. Párroco de Chuquiribamba, Cangonamá, Cariamanga y Zaruma. Profesor de dos colegios. Publicó obras sobre Zaruma. Fundador de instituciones feministas socio- culturales y del Comité de Coronación de la Virgen del Cisne, entre otras funciones y tareas.

Rosa María Riofrío Peña de Torres prestó sus servicios profesionales como obstetra en el Hospital San Juan de Dios regentado por las hermanas de la Caridad, que había sido inaugurado el dos de marzo de 1921 gracias al impulso de Pío Jaramillo Alvarado. Allí donde su maestro Zoilo Rodríguez Rojas fungió como Director, prestó su valioso aporte asistiendo con pasión y esmero al nacimiento de muchos infantes.

Haciendo prevalecer su espíritu de servicio humanitario, Rosa María se movilizaba en forma acuciosa para cumplir su misión de obstetra. Lo hacía con vehemencia, fuerza humana y sin miramiento de las condiciones o distancias.   

Los hacendados que se habían refundido en sus heredades junto con su familia y permanecían en ellas por largas temporadas, requerían sus servicios profesionales para atender a las esposas parturientas y no tener que trasladarlas a los pueblos más cercanos en procura de alguna partera empírica.

Uno de esos requerimientos fue el de un hacendado de Catamayo, cuya hija, una hermosa y distinguida dama, quedó embarazada mientras cursaba sus estudios en la ciudad de Quito. Con la indignación que supone el orgullo familiar y a fin de evitar el bochorno social, la enclaustró en su hacienda. Rosa María la asistió diligentemente en el parto y en sus manos nació un hermoso niño.

El acaudalado hacendado, perteneciente a la aristocracia lojana, impuso su voluntad para que ese niño, considerado bastardo, fuese “regalado” a un arrimado de raza negra, uno de tantos que poco o nada sabía leer y escribir y trabajaba allí pagando su obligación, porque les prestaba el terreno para construir su vivienda de bareque y paja.

Rosa María, impactada por la decisión del padre reaccionó estremecida en sus sentimientos recordando lo ocurrido con ella. Con su inmenso corazón y lágrimas en los ojos clamó con una insistencia casi sagrada para que le sea entregado el niño y tenerlo como suyo. Así ocurrió para siempre.  

Ella sumó un hijo más a los diez que había procreado con Tomás Moisés Torres Andrade, porque ese era el trato que le daban en el seno familiar. Lo inscribieron como José Miguel Eguiguren y en la crianza jugó un rol importante el sacerdote José Victoriano Torres Riofrío, quien siempre lo llevaba como compañía a su labor pastoral.

A los dos años de edad el niño José Miguel, a quien llamaban Pepito, fue víctima de una meningitis que le produjo un grave impacto en su salud, originándole una discapacidad que no le permitía caminar con normalidad, aunque su capacidad mental se conservó en las mejores condiciones.

Su madre biológica lo visitaba con frecuencia en la casa de la familia Torres y lo apoyaba económicamente, especialmente para que curse sus estudios primarios y secundarios; él también la visitaba en Catamayo.

Gracias a la gestión del doctor Alfredo Aguirre Palacio logró un empleo en la Liga Ecuatoriana Antituberculosa (LEA), en donde cumplió sus tareas con dedicación y esmero. Posteriormente se acogió al beneficio de la jubilación.

Era un hombre generoso, sensible y de trato gentil, como su madre adoptiva, Rosa María Riofrío de Torres. A un chofer de la Asistencia Social que comedidamente lo transportaba de un lado a otro, cuando las posibilidades lo permitían, le obsequió un lote de terreno situado en la zona urbana de nuestra ciudad.

Confieso que mientras escribía estas palabras mi mente me llevó mágicamente a aquel año en que la taquilla del Teatro Popular reventaba con la presentación de la película mexicana “El Derecho de Nacer”, protagonizada por Jorge Mistral y Gloria Marín, que arrancó lágrimas a muchos espectadores.

Rosa María Riofrío Peña de Torres, una mujer bondadosa y carismática trabajaba intensamente en agotadoras jornadas. Sus servicios a la gente de escasos recursos económicos no tenían límite. Esa fatigante vida determinó que contrajera una penosa enfermedad que la consumió y llevó a la tumba. Falleció el seis de julio de 1933 cuando apenas frisaba los cincuenta y tres años de edad.

La laureada escritora chilena, Isabel Allende, dice: “La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan”. Precisamente, para que no muera el nombre ilustre de Rosa María Riofrío Peña de Torres, una verdadera heroína que con sus virtudes, coraje y decisión marcó un hito histórico en nuestro convivir social, se lo ha perennizado en una calle de nuestra ciudad,

Ineludiblemente había que rescatar ese nombre de la sombra de la historia, para que esté plenamente visible en nuestra memoria y para que en las futuras generaciones palpite el recuerdo de una vida realmente ejemplar y admirable.