El tiempo no espera

Elena Carrión

Se suele creer que la vida siempre concede otra oportunidad, que habrá un momento más oportuno para decir lo que se siente, para corregir lo que duele, para empezar lo que tanto se ha postergado o para detenerse a vivir con más conciencia. Se vive bajo la ilusión silenciosa creyendo que el tiempo siempre estará disponible, dócil, esperando a que el ser humano decida finalmente prestarle atención. Pero no es así. El tiempo no espera.

Avanza en silencio, sin hacer ruido, sin advertencias y sin pausas. No se detiene por el miedo de nadie, no retrocede por arrepentimiento, no se conmueve ante la indecisión, su paso es firme, constante e inevitable. Mientras alguien duda, el tiempo avanza, mientras alguien posterga, el tiempo se va, mientras alguien espera el momento perfecto, la vida empieza a agotarse en lo imperfecto.

Esa es quizá una de las verdades más incómodas y más humanas, muchas veces no se pierde la vida de golpe, se pierde lentamente en todo lo que se deja para después. En la llamada que no se hizo, en el abrazo que se negó por orgullo, en  la decisión que se aplazó por miedo, en el sueño que se archivó por costumbre, en el amor que no se expresó a tiempo.

El tiempo tiene una naturaleza implacable, no regresa. Todo lo que se deja ir con él se convierte en memoria, en ausencia o en arrepentimiento. Por eso su valor no radica únicamente en su duración, sino en su irreversibilidad.

 Lo que se pierde en dinero puede recuperarse, lo que se pierde en materia puede reconstruirse, incluso lo que se rompe puede, a veces, repararse. Pero el tiempo no. El tiempo no se compra, no se almacena, no se negocia ni se repone. Y es allí donde reside su valía: el tiempo es un lujo.

Es el lujo más valioso que posee el ser humano y, paradójicamente, también el que a veces más lo desaprovecha, se malgasta en discusiones vacías, en apegos tibios, en rutinas que apagan, en trabajos que consumen el alma, en vínculos que restan paz y en miedos que paralizan.

El tiempo  no está garantizado; nadie sabe cuánto le queda;  y, sin embargo, se vive como si éste fuera a sobrar. Se aplazan los afectos, se posponen los sueños, se administran los días con una soberbia inconsciente, como si el mañana fuese una promesa y no una posibilidad incierta.

Quizá por eso una de las formas más profundas de sabiduría consiste en aprender a mirar el tiempo con respeto. No como un recurso infinito, sino como el bien más preciado que  tiene el Ser. Respetar el tiempo es dejar de vivir en automático, es comprender que no todo merece atención, que no toda batalla merece desgaste y que no toda demora es prudencia. A veces postergar no es paciencia; es miedo disfrazado de espera.