Celebrar a la madre del cielo y a nuestra madre en la tierra

Juan Luna

Quilanga, 15 de mayo de 2026

“Una sociedad sin madres sería una sociedad inhumana, porque las madres saben testimoniar siempre, incluso en los peores momentos”, ha dicho el Papa Francisco al resaltar la figura de María como Madre de Jesús y de la madre en la familia como encarnación del rostro de Dios en la tierra.

Al encontrarnos ya a mediados de mayo, recordamos que este mes inició con la celebración del Día del Trabajo, honrando a los mártires —hombres y mujeres— que reivindicaron con su lucha y su sangre la dignidad humana.

La tradición de dedicar el segundo domingo a honrar a la madre se remonta a civilizaciones antiguas como la egipcia, la griega y la romana, que rendían culto a la fertilidad y la maternidad a través de las diosas Isis, Rea y Cibeles. Con la expansión del cristianismo, estas festividades se transformaron para centrarse en la Virgen María, modelo supremo de maternidad.

Con el surgimiento de la modernidad en el siglo XVII, Inglaterra estableció durante la Cuaresma un día para que los hijos ofrecieran misas y regalos a sus progenitoras. Ya en los inicios del siglo XX, la activista estadounidense Anna Jarvis impulsó una fecha para honrar la memoria de su madre y de todas las madres trabajadoras. Finalmente, en 1914, el presidente Woodrow Wilson proclamó oficialmente el segundo domingo de mayo como el Día de la Madre, fecha adoptada por diversos países, incluido el Ecuador.

Sin duda, el valor histórico y el sentido de esta celebración en el mundo católico gravitan alrededor de la figura de María: modelo de amor maternal, de constancia y cercanía, fiel colaboradora en el hogar y testimonio de una vida coherente, dotada de una fortaleza sin límites en la fe y en el trabajo.

Socialmente, en nuestro país, el Día de la Madre es la ocasión ideal para la reunión familiar y el detalle afectuoso. Sin embargo, la honra a la madre debe superar los límites de lo social para trascender hacia la consagración de un amor puro, sincero y fiel; un amor que no conoce barreras, que abraza y acoge a todos por igual. A veces, incluso con el corazón traspasado por el dolor de la ingratitud, ella permanece de pie, firme y perseverante, orando y aguardando a los suyos con la misma ternura del primer día en que los vio nacer.

Que los días restantes de este mes estén colmados de flores y alegría junto a la Madre de Dios y a nuestras madres en la tierra.