Galo Guerrero-Jiménez
Si tomamos el tema de la literatura y el género novelístico, tanto el escritor como el lector deben tener una cognición cerebral encaminada al dominio de esa temática para crear una ruta de pensamientos ficcionalmente ordenados desde el ángulo estético-lingüístico y socio-sicológico, de manera que solo el escritor, experto en esta disciplina literaria, sabe que, como señala la escritora chilena Isabel Allende: “La novela es un proyecto de largo aliento en el cual cuentan sobre todo la resistencia y la disciplina, es como bordar una compleja tapicería con hilos de muchos colores, se trabaja por el revés, pacientemente, puntada a puntada, cuidando los detalles para que no queden nudos visibles, siguiendo un diseño vago que solo se aprecia al final, cuando se coloca la última hebra y se voltea el tapiz al derecho para ver el dibujo terminado” (2012) con la exquisitez con la que aparece narrada la novela .
En cambio, en el discurso literario del género cuentístico, Isabel Allende sostiene que, a diferencia de la novela, “en un cuento, en cambio, todo se ve, no debe sobrar o faltar nada, se dispone del espacio justo y de poco tiempo, si se corrige demasiado se pierde esa ráfaga de aire fresco que el lector necesita para echar a volar. Es como lanzar una flecha, se requiere instinto, práctica y precisión de buen arquero, fuerza para disparar, ojo para medir la distancia y la velocidad, buena suerte para dar en el blanco. La novela se hace con trabajo, el cuento con inspiración” (2012) y la fortaleza ideativa e imaginativa de su autor.
Con estos antecedentes estructurales de escritura puede ser entendido y valorado el discurso ficcional, y leído con la gracia que cada género literario contiene pragmáticamente para que el disfrute, luego de un enorme esfuerzo intelectual para crear la obra, los lectores puedan, por ejemplo, transmigrar “a los pensamientos de un caballero, a los sentimientos de un esclavo, al comportamiento de una heroína y a la forma que tiene un malhechor de arrepentirse o renegar de sus fechorías, nunca regresamos a nosotros mismos completamente iguales; a veces volvemos inspirados, a veces apenados, pero siempre enriquecidos” (Wolf, 2007) por el candor o esplendor con que el lector acoge metafísica y ontológicamente esa grandeza de escritura, solo, eso sí, si le ha sido posible silenciar todo el ruido que del mundo exterior proviene, sobre todo de las pantallas digitalizadas, para acogerse al encuentro amoroso del silencio.
