Efraín Borrero Espinosa
La lidia de gallos finos llegó a América de la mano de los españoles, aunque se sabe que el origen remoto de estas aves y de la actividad se sitúa en Asia hace miles de años. A partir del siglo XVI la colonización española introdujo en el continente tanto los ejemplares como la cultura de la lidia. Tras fundar los cabildos y organizar los asentamientos coloniales buscaron en el ruedo un eco de su tierra; por lo mismo, fueron los funcionarios y los primeros vecinos quienes, entre el orden institucional y el ocio de la nueva urbe, sembraron esta pasión en los patios de las ciudades coloniales.
Se dice que las primeras razas de combate llegaron específicamente a través de las flotas que conectaban a España con el Caribe (Cuba y La Española), que sirvieron de «puente» para el resto del continente.
Lo que inicialmente fue una práctica de élite, con el tiempo la lidia de gallos se fusionó con las costumbres locales convirtiéndose en un fenómeno cultural que va mucho más allá de la pelea en sí, ya que la gallística genera una pasión profunda que trasciende el simple espectáculo para convertirse en un estilo de vida.
Entendemos como gallística al conjunto de actividades, conocimientos y tradiciones relacionados con la cría, el cuidado, el entrenamiento y el espectáculo que brindan esos animales.
Esa pasión se manifiesta en varios aspectos, especialmente en los años que el criador dedica al cuidado meticuloso de sus ejemplares, proveyendo vitaminas, alimentación especial y entrenamiento diario, llegando a desarrollar una conexión íntima de respeto por la valentía del animal.
En la gallera, la pasión se desborda en el grito de las apuestas y en la emoción de ver a su gallo pelear con valor extremo, llegando a generar una euforia que une a personas de distintos estratos sociales bajo un mismo código de honor.
Ese grito de apuestas tiene una connotación que trasciende, porque fue allí donde se forjó “la palabra de gallero”, que representa una singular forma de contrato social que no necesita papel, firma, ni testigos, sino que se sostiene únicamente en el honor del individuo.
En el mundo de los gallos la palabra es el activo más valioso. Un gallero puede perder su dinero y seguir siendo respetado, pero si empeña su palabra y no la cumple, no solo que es una falta de ética sino un suicidio social. A eso se debe que en ese mundo haya existido siempre una cultura marcada por códigos de respeto y dignidad entre sus participantes.
Históricamente, el honor de la palabra no era solo individual, sino familiar; fallar a la palabra significaba manchar el apellido.
Para el hombre de palabra su conciencia y la mirada de sus pares actúan como un tribunal permanente. El simple asentimiento de cabeza tiene más peso que un contrato ante notario.
La pasión por los gallos también ha creado ritos de cercanía con el ave. Es común ver al dueño o aficionado besar al gallo o hablarle al oído para infundirle coraje y valentía antes de soltarlo al ruedo. Un detalle impactante y muy real es cuando el gallo está herido o asfixiándose con su sangre, el dueño le succiona el pico o le sopla aguardiente en la cara para intentar reanimarlo con el propósito de que termine la pelea.
Además, la gallística crea vínculos generacionales ya que muchos galleros heredan la afición de sus padres y abuelos, viendo en la cría del ave una forma de preservar el honor familiar.
En el Ecuador la actividad de los gallos de lidia es una tradición profundamente arraigada que se distribuye por todo el país, aunque algunas provincias destacan por su alta concentración de aficionados, criaderos y eventos internacionales. Loja y Manabí son consideradas las provincias más fuertes en esta tradición.
Loja cuenta con aproximadamente sesenta y cinco galleras autorizadas en la provincia y un coliseo capacidad para unas ochocientas personas en Malacatos. Estos sitios son puntos de encuentros nacionales de grandes galleros y aficionados de todas las esferas sociales.
Como dato curioso, en Cariamanga está concentrado el mayor número de mujeres aficionadas a las contiendas de gallos. Saben todo sobre gallística: el proceso riguroso de selección genética, la alimentación especial y entrenamiento físico para potenciar el instinto natural del ave; el pesaje, el armado de espuelas, el careo y los códigos de honor que se practican en el ruedo. Algunas se expresan con el lenguaje propio de los galleros y tienen su misma mística.
Pienso que esas mujeres deben ser descendientes de troncos familiares que han sido galleros apasionados y que en nuestro medio son muchos, contándose entre ellos a Agustín Espinosa Álvarez. Otra posibilidad es que habiéndose casado con galleros se allanaron al estado de situación del marido, porque la esposa que no entiende lo que es la pasión de un gallero tiene todas las de perder.
El gallero que logra un trofeo en alguna contienda nacional o internacional lo tiene como el Óscar que entrega la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, ya que representa el máximo reconocimiento a la excelencia gallística. Así lo percibo cuando mi tío Oswaldo o mi primo Jalil Espinosa me comparten fotografías que captan ese momento que para ellos es de gloria.
La lidia de gallos se ha consolidado como un eje articulador de la identidad cultural en diversos cantones de la provincia de Loja. Su arraigo es tal que la programación gallística no es un evento accesorio, sino el parámetro de éxito de las festividades locales; su ausencia suele percibirse como un vacío que resta atractivo a la celebración popular.
También ha sido un eje que ha unido a las diferentes esferas sociales lojanas, desde el campesino hasta un presidente y un filántropo. El presidente fue Jerónimo Carrión Palacio, nacido el seis de julio de 1804 en Cariamanga, siendo el segundo gobernante elegido por votación popular. Su triunfo fue notorio al superar con una cifra muy elevada el número de votos de los otros contendores, personajes de alta valía política.
Su gestión se destacó por la honestidad de procedimientos y el acrisolado manejo de los recursos públicos, aunque su falta de energía frente a la oposición, tras suceder a García Moreno, forzó su renuncia.
Jerónimo Carrión fue un gallero a morir y de esa afición se valió la oposición para tejer una serie de comentarios con los cuales pretendían ironizar y menoscabar su gestión como Presidente de la República. Se decía que mientras los problemas del país crecían, el Mandatario pasaba el tiempo en los patios del palacio cuidando a sus gallos. Si bien es cierto la afición por este pasatiempo por parte de Carrión, la idea de que tenía gallos amarrados en las oficinas de gobierno era una exageración retórica para simbolizar su supuesta falta de seriedad frente a los asuntos de Estado.
El filántropo fue Daniel Álvarez Burneo, un gallero empedernido. Cuenta Arturo Armijos Ayala que la cancha de gallos más antigua de nuestra ciudad era la del señor Reinaldo Bustamante, en la calle Olmedo, a la que acudían profesionales distinguidos, militares retirados y hasta el rector del Colegio Bernardo Valdivieso.
Esa cancha se trasladó a la casa de Daniel Álvarez Burneo donde se apostaba bastante dinero por las buenas condiciones económicas de los asistentes. La mayor apuesta era de mil sucres.
En cierto domingo todos los jugadores habían apostado contra el gallo de Daniel Álvarez, que al final quedó ensangrentado y tendido en el suelo. Arturo Espinosa Ruiz, su hombre de absoluta confianza, recibió de Daniel Álvarez una seña para que fuese por dinero, y no tardó en traer una alforja llena de billetes para pagar todas las apuestas.
Como los gallos son un medio para consolidar amistades, Daniel Álvarez se olvidó de la pérdida de su plumífero y a sus amigos más cercanos invitó a merendar y luego a beber finos licores y a jugar póker, tresillo, billar, etc.
Los gallos no solo han sido protagonistas en los ruedos, también han rondado el Congreso Nacional ecuatoriano para añadir un toque de ironía a los ásperos enfrentamientos políticos. El primero fue el «Viejo Gallo de Pelea», apelativo con el que se autodefinió Raúl Clemente Huerta Rendón debido a su inquebrantable persistencia y su disposición para encarar debates con un discurso frontal y firme, sin amilanarse ante los reveses electorales que había sufrido. Alguna ocasión dijo: “Soy un modesto gallo muy viejo”.
A diferencia del tono heroico de Huerta, el segundo fue el del «Gallo Hervido», apodo acuñado por Carlos Julio Arosemena Monroy para ridiculizar a Julio César Trujillo Vásquez durante un acalorado debate en el Congreso.
Con su palabra mordaz, Arosemena Monroy aludió a la apariencia de Trujillo, que era de tez rosada, cabello rubio y barba poblada, ya que al encenderse en la discusión su rostro cobraba un tono rojizo que recordaba la imagen de un gallo sumergido en agua caliente para ser desplumado.
