Rafael Tacuri
Ecuador atraviesa una crisis multidimensional donde la política ha mutado en un espectáculo de distracciones en tanto la realidad social se desmorona. Desde la esfera nacional hasta los gobiernos locales, la gestión pública se ha reducido a una puesta en escena mediática que prioriza las encuestas sobre el bienestar humano. El presidente Noboa ejemplifica esta tendencia, mientras la salud, la educación y la seguridad se agudizan, el Ejecutivo hace poco encabezó el allanamiento a CNEL-EP –entidad que él mismo preside–, en una especie acto circense utilizando recursos estatales para simular un control que no existe. Este enfoque no resuelve problemas estructurales; por el contrario, desplaza la violencia a zonas antes pacíficas y abandona al pueblo a la precariedad.
Esta desconexión nacional se replica con cinismo en nuestra provincia y cantón. La rendición de cuentas, mandato constitucional de transparencia, se ha degradado a un “show de variedades” coreografiado. Desde la prefectura, se suele presentar cifras infladas y coloridas para ocultar un agro que se muere de sed. Los sistemas de riego son fantasmas y los puentes “provisionales” cumplen décadas mientras el presupuesto se diluye en publicidad o beneficia a su “panas”. Es un insulto hablar de gestión desde la comodidad de un escritorio cuando el lodo sigue atrapando los sueños de nuestros agricultores por falta de voluntad técnica y transparencia ambiental.
En el ámbito cantonal, la situación es igualmente desoladora. La alcaldesa encargada y una mayoría de concejales actúan como un bloque de obediencia ciega, aprobando y desaprobando alzas de pasajes urbanos con un servicio paupérrimo. Mientras tanto, la ciudad colapsa; bajo el “cuento” de las baldosas de la regeneración urbana, el alcantarillado y el agua potable fallan sistemáticamente. Los concejales con una que otra excepción, mantienen un silencio ensordecedor que los convierte en coautores del estancamiento.
La rendición de cuentas no debe ser un monólogo para aplausos contratados, sino una explicación honesta de por qué, con tanto dinero, seguimos estancados en las carencias de hace veinte años. Cuando las autoridades priorizan monumentos y fiestas sobre el bienestar básico, la política deja de ser servicio para ser vanidad. Es hora de exigir que dejen de vernos la cara; la verdadera rendición de cuentas se rinde en el territorio, y hoy, el saldo de todos ellos sigue en rojo.
