P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
El libro de la Sabiduría contiene una antífona solemne que sintetiza la riqueza de la fiesta que la Iglesia celebra este domingo, en el final del tiempo de Pascua. Con motivo de Pentecostés dice: “El Espíritu del Señor llena la tierra; y Él, que todo lo mantiene unido, tiene conocimiento de toda palabra”. Concluye con la aclamación que dignifica el acontecimiento: “¡Aleluya!”. En el comienzo de la creación, enseña el Génesis, que el Espíritu aleteaba entre el caos y las tinieblas. Cuando Dios creó al hombre, a su imagen y semejanza, sopló en Él un aliento de vida.
La Palabra de Dios, mensaje de amor de Dios a los hombres, guía e ilumina el camino de quienes viven, con frecuencia, perdidos en un desierto de soledad y aridez espiritual y humana. Recordemos que en el relato de la torre de Babel hay dos momentos en los que interviene la mano de Dios. En uno de ellos, la soberbia humana invadió la mente y el corazón de los poderosos que quisieron alcanzar la cima del cielo e irradiar violencia en el alma de la humanidad, débil como consecuencia de su alejamiento de Dios y llena de avaricia por los placeres del mundo. En el otro, la fuerza de la justicia divina que derribó sus afanes y los dispersó por los confines de la tierra. A partir de la lectura sosegada de la narrativa bíblica podemos destacar dos combates que van a existir siempre: la división, movida por el egocentrismo, y la unidad, gracias al amor de Dios y a la entrega total de Jesús en la cruz con un corolario eterno: la resurrección y una vida nueva, en Espíritu y en Verdad.
Jesús, venció a la muerte, envió el Espíritu Santo y pobló con su gracia el corazón que quería recibir sangre pura, verdadera fuente de salvación. La oración colecta de la solemnidad de Pentecostés recuerda la grandeza e invoca a Dios con una súplica que nace de las entrañas de un pueblo bendecido: “Derrama los dones del Espíritu Santo por la extensión de la tierra y continúa realizando ahora en los corazones de tus fieles aquellas maravillas aquellas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangelica”.
La Iglesia, desde sus orígenes, ha caminado de la mano del Verbo que se hizo carne y quiso quedarse entre nosotros para establecer su morada, en medio de las oscuridad y con la luz de la fe. El libro de los Hechos de los Apóstoles actualiza la realidad de aquellos discípulos, personas sencillas, frágiles y llenas de miedo, que debían abandonar la casa, lugar de encierro, para recorrer los caminos de la historia con fidelidad al mandato de Jesús: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia”. San Lucas cuenta que un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, resonó y aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en muchas lenguas, según el Espíritu los inducía a expresarse. Ellos, sin temor, llenos de la paz que Jesús les da, hablan con fortaleza palabras de esperanza.
