Galo Guerrero-Jiménez
Los buenos libros siempre tienen agudas profundizaciones sobre la vida y, por ende, lo encaminan al lector a enriquecerse cognitiva y lingüísticamente, dado que, el tratamiento del tema por parte del escritor, lo nueve a la reflexión inferencial y crítico-valorativa con la mayor soltura intelectual y emocional que le caracteriza a ese lector que, por su cuenta, decide, libre y voluntariamente, acercarse a ese texto, bien sea científico, literario, filosófico, ensayístico o de cualquier naturaleza temática que le interese para ensimismarse con él, es decir, para concentrarse profundamente en el contenido del texto y en los pensamientos que el texto le genera, el cual, por supuesto, se deleita en cada página, en cada enunciado, incluso, en cada palabra que intercalada o relacionada sintáctica, ortográfica y pragmáticamente una con otra, lo llevan a identificarse con la personalidad intelectual de ese autor que, con su estilo, conocimiento y sabiduría artísticos para ordenar el lenguaje en cada página, puede hacer de ese lector un congraciado, un agradecido profundo con la obra leída, puesto que lo lleva a sensibilizarse analítica y humanísticamente en acciones de amor o de rebeldía hacia la vida.
Así sucede con el psicoanalista Erich Fromm, cuyos libros tienen como eje de investigación ensayística, reflexiones muy profundas en torno a los ámbitos psicológicos, sociales, políticos y humanísticos, en cuyos elementos axiológicos, el lector puede convertirse en un agudo analista, tal como lo enuncia en uno de sus libros titulado El amor a la vida: “El analista lee entre líneas. No ve solo lo que se le ofrece directamente, sino que en lo ofrecido y observable ve algo más, algo del núcleo de la personalidad que está actuando en ese caso y cuyas conductas constituyen solo una de sus expresiones, una manifestación, siempre teñida, sin embargo, por la personalidad total” (2004).
En efecto, la personalidad del lector se inmiscuye íntegramente en la personalidad del escritor para analizar ese texto, primero desde el deleite, puesto que le atrae ese conjunto de lenguaje escritorial, meticulosamente descrito y narrado a través de pequeñas o grandes acciones que, silenciosamente, van calando en la conciencia del lector hasta exaltarse en acciones hermenéuticas y fenomenológicas de júbilo, como la que enuncia el escritor Stefan Zweig (2009): “¡Qué horas más puras pasamos alejados del tumulto terrenal! ¡Libros, compañeros fieles, silenciosos: cómo agradecerles su perpetua compañía, el eterno aliento e infinito estímulo de su presencia!”.
