
MBA. Eduardo Ramón López
Tras la Guerra del Chaco (1932-1935), uno de los conflictos más sangrientos de América del Sur en el siglo XX, la ciudad de Buenos Aires acogió, el 23 de diciembre de 1936, la Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz. En ese contexto, diecinueve naciones americanas, impulsadas por el Premio Nobel de la Paz Carlos Saavedra Lamas, suscribieron la Convención sobre la Carretera Panamericana. El ambicioso proyecto buscaba enlazar a los países del continente mediante una red vial continua, bajo el compromiso de que cada Estado financiara, construyera y mantuviera el tramo correspondiente a su territorio.
Aunque la idea de una gran ruta que uniera a todos los pueblos de América despertaba entusiasmo en los círculos diplomáticos, su viabilidad fue cuestionada desde el principio. Las dificultades económicas, técnicas, políticas y geográficas de la época llevaron a numerosos observadores a considerar la iniciativa como una aspiración difícil de materializar.
En 1938, los jóvenes mecánicos argentinos Juan Rebuffo y Julián Lecea, ambos de aproximadamente diecinueve años, emprendieron viaje desde Trelew, en el noreste de la Patagonia, con destino a Buenos Aires. El propósito de esta primera etapa era conseguir el auspicio indispensable para concretar la larga expedición que habían proyectado. Como argumento para obtener apoyo, ofrecían constituirse en el eco de las ponencias integracionistas promulgadas el 23 de diciembre de 1936, difundiendo sus principios en cada uno de los países que visitarían a lo largo de su recorrido.
El sábado 15 de julio de 1939, los jóvenes mencionados partieron de Buenos Aires a bordo de un Ford T modelo 1925 con la intención de llegar por vía terrestre a los Estados Unidos para entrevistarse con Henry Ford. Su propósito era demostrar que la construcción de la Carretera Panamericana era posible y que esta podía convertirse en un motor de integración para los pueblos del continente. Financiados por el diario La Crítica de Buenos Aires, emprendieron una travesía extraordinaria a través de selvas, montañas y urbes. En ocasiones avanzaban conduciendo el automóvil; en otras, debían desmontarlo para transportarlo por piezas; y no fueron pocas las veces en que navegaron sobre improvisadas balsas de troncos.
De todos los sitios visitados, la ciudad de Catacocha fue la que más profundamente los cautivó y apoyó. A su llegada, encontraron una comunidad hospitalaria y generosa que les brindó alimento, alojamiento y apoyo incondicional. Los viajeros sintieron que habían hallado un segundo hogar.
Entre las figuras que más contribuyeron a su estancia destacó Ventura Encalada Barragán, una influyente líder local y firme defensora del proyecto panamericano. Gracias a su respaldo, los jóvenes ofrecieron varias conferencias ante autoridades civiles, religiosas y comerciantes, explicando las oportunidades de desarrollo que una futura Carretera Panamericana representaría para la región.
Juan y Julián también quedaron sorprendidos al descubrir que en Catacocha existía otro Ford T modelo 1925, propiedad de Ventura Encalada. El vehículo se conservaba cuidadosamente protegido con cobijas de lana de vicuña y resguardado dentro de estructuras de madera, pues eran muy pocas las personas en la zona capaces de ensamblarlo o conducirlo. Para entonces, Ventura ya era una figura ampliamente respetada por su cultura, liderazgo, valentía y compromiso con los asuntos públicos. Su opinión era frecuentemente consultada en las decisiones de interés comunitario y su influencia trascendía los límites de la política local.
A comienzos de 1940, el cantón Paltas figuraba entre los treinta más poblados del Ecuador. Su cabecera cantonal, Catacocha, era una urbe tranquila y profundamente religiosa, cuyas costumbres fueron respetadas por los aventureros. Mientras la población seguía con atención las noticias sobre el inicio de la Segunda Guerra Mundial, a los visitantes les sorprendía la abundancia de serpientes en la zona de los riscos y riachuelos colindantes con la ciudad; los ofidios parecían convivir con notable naturalidad entre los habitantes, especialmente entre los niños, que rara vez mostraban temor ante su presencia.
Desde el 6 de enero de 1940 ejercía la presidencia del Concejo Municipal del cantón Paltas el doctor Manuel Vicente Vivanco Tinoco. Al conocer los planes de los viajeros, inicialmente manifestó escepticismo respecto a la posibilidad de atravesar las selvas americanas en un automóvil de aquellas características. Sin embargo, la intervención de Ventura Encalada contribuyó a modificar su percepción. Con el tiempo, Vivanco se convirtió en uno de los principales promotores de la causa, convencido de que el progreso económico y social dependía, en gran medida, de la existencia de adecuadas vías de comunicación.
En ese ambiente de entusiasmo colectivo, Juan y Julián se transformaron en el centro de atención de la ciudad. Sus anhelos de progreso y desarrollo coincidían con las aspiraciones de muchos habitantes. Como muestra de agradecimiento por la solidaridad recibida, invitaron a los pobladores a recorrer las sinuosas calles de Catacocha en su automóvil. Aquellos paseos fortalecieron los vínculos de amistad entre los viajeros y la comunidad.
Cuando llegó el momento de partir, la despedida estuvo cargada de emociones compartidas: abrazos, promesas de regreso e incluso lágrimas. En aquella ocasión, Ventura Encalada puso de manifiesto su vocación filantrópica al brindar apoyo económico a los viajeros, facilitando así el trayecto que los conduciría desde Catacocha hasta Detroit. Por su parte, los habitantes de la localidad, organizados en un gesto de solidaridad colectiva, les proporcionaron dos mulas para continuar la travesía, así como el apoyo de veinte hombres que los acompañaron y auxiliaron hasta llegar a Catamayo.
Además de provisiones y ayuda logística, los expedicionarios recibieron algunos remedios tradicionales empleados en la región. Entre ellos se encontraban un licor local y un linimento elaborado con aguardiente de caña, hojas de tabaco y naftalina, utilizado popularmente como repelente de insectos. Según los relatos posteriores de los viajeros, Juan siguió estas recomendaciones durante su recorrido por zonas húmedas e infestadas de mosquitos y nunca contrajo malaria, mientras que Julián prescindió de ellas y posteriormente enfermó.
Inspirados por las promesas de progreso que representaba la Carretera Panamericana y alentados por la visita de los jóvenes argentinos, los catacochenses, liderados por la señorita Ventura Encalada Barragán, el doctor Manuel Vivanco Tinoco, el párroco Francisco Valdiviezo y el señor Luis Montesinos, lograron que en 1940 el gobierno del doctor Andrés F. Córdova emitiera el decreto que autorizaba el trazado de la ruta a través de Catacocha. La obra avanzó gracias al esfuerzo de más de dos mil hombres y mujeres, quienes participaron activamente en numerosas mingas. El tramo comprendido entre Catacocha y el recinto Las Chinchas fue construido con el trabajo directo de sus habitantes y se inauguró solemnemente el 21 de junio de 1941.
Mientras tanto, los llamados «aventureros locos» continuaban avanzando hacia el norte impulsados por su convicción y por los recuerdos imborrables acumulados en el camino. Finalmente, después de veintiocho meses de travesía, el 28 de noviembre de 1941 lograron entrevistarse con Henry Ford en las oficinas centrales de la Ford Motor Company, ubicadas en Dearborn, cerca de Detroit.
Durante aquella reunión, los jóvenes describieron a Ventura Encalada Barragán como una mujer visionaria, convencida de que las carreteras, el intercambio cultural y la cooperación entre los pueblos constituían pilares fundamentales para la paz y el desarrollo del continente. Asimismo, relataron en varias ocasiones el apoyo económico que ella les había brindado para hacer posible su travesía. Al escuchar estos testimonios, Ford exclamó: « ¡Esa es mi dama! Ella me recuerda a Isabel I de Castilla». Acto seguido, y con el propósito de obtener respaldo para la construcción de la Carretera Panamericana, los viajeros presentaron al industrial las banderas, manifiestos y actas de adhesión que habían recopilado a lo largo de su recorrido por América.
Al finalizar el amistoso encuentro, Henry Ford y los jóvenes llegaron a un acuerdo: el automóvil en el que habían completado su travesía hasta Detroit permanecería en el museo de la empresa y, a cambio, recibirían en donación un vehículo de un modelo más reciente. El empresario también manifestó su deseo de organizar un viaje para recorrer la misma ruta, aunque esta vez desde Detroit hasta Buenos Aires.
Tras aquel cordial encuentro, los jóvenes describieron a Ford como una persona de excelente humor y trato afable. Mientras tanto, el automóvil gemelo que pertenecía a Ventura Encalada continuaba recorriendo los empedrados caminos de Catacocha. Sus sobrinos relataron que, con el paso de los años, de aquel vehículo solo se conservó el volante.
En 1942, Juan Rebuffo se incorporó al Ejército de los Estados Unidos y combatió junto a las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial. Con el paso de los años, y ya convertido en una figura de interés por sus extraordinarias travesías, escribió las crónicas de sus viajes y las experiencias que vivió durante la guerra. Estos relatos han permitido reconstruir una parte importante de esta historia. En ellos, Rebuffo se refiere reiteradamente a Ventura Encalada como “la dama”.
Mientras tanto, Julián Lecea, a quien sus amigos apodaban cariñosamente “Pocholo”, regresó a Trelew, donde retomó su oficio de mecánico. Alcanzó casi un siglo de vida y, hasta sus últimos años, relató innumerables veces la aventura que había protagonizado en su juventud, sosteniendo entre sus manos la llave del Ford T modelo 1925, pues esta nunca permaneció en el museo.
Gracias a los testimonios de “Pocholo”, se han conocido detalles pormenorizados de aquella travesía continental que, incluidas sus numerosas paradas, se prolongó durante tres años. Sus relatos terminaron convirtiéndose en una leyenda transmitida de generación en generación. Como suele ocurrir con las historias que pasan a la tradición oral, surgieron diversas versiones, especialmente en lo referente a los nombres de algunos de sus protagonistas. En varias de ellas, el nombre de Ventura se transformó en “Aventura”, una alteración que, lejos de restarle significado, parecía reforzar el espíritu de la extraordinaria empresa que ella ayudó a hacer posible.
Por otra parte, Henry Ford nunca pudo realizar el recorrido que había imaginado desde Detroit hasta la Argentina. El célebre industrial falleció el 7 de abril de 1947, a los 83 años de edad, a consecuencia de una hemorragia cerebral, dejando inconcluso aquel anhelo de recorrer los caminos que habían inspirado las hazañas de los jóvenes viajeros.
Una cuidadosa triangulación entre los textos redactados por Juan Rebuffo, los relatos de Julián Lecea, “Pocholo”, y la memoria histórica de Catacocha ha permitido reconstruir una de las facetas más significativas de la vida de Ventura Encalada Barragán: la de una mujer visionaria que hizo del servicio público una causa personal. Con su incansable labor promovió el progreso de su comunidad, impulsó la integración entre los pueblos y defendió la ampliación de los derechos cívicos de las mujeres en una época en que tales aspiraciones resultaban excepcionales.
Su apoyo a los jóvenes aventureros argentinos no fue un gesto aislado, sino la expresión de una convicción profunda: la certeza de que el progreso y la libertad se construyen mediante la cooperación, la iniciativa y el coraje. Quizás por ello, tanto en los recuerdos de quienes la conocieron como en las páginas escritas por quienes recibieron su ayuda, Ventura permanece asociada a una idea que parece resumir su carácter y su legado: «La libertad se conquista con valor, no con miedo».
Autor: MBA. Eduardo Ramón López
Catacocha, Ecuador
Netgrafía
Blog Bahía Sin Fondo (bahiasinfondo.blogspot.com)
Recuerdos del valle inferior del Río Chubut (Adriana Martínez)
Referencias Bibliográficas
Paltas: La historia milenaria de un territorio original (Galo Ramón Valarezo)
Revista del Ejercito de los Estados Unidos, División de Infantería Nº 102, Volumen Nº 52 Nº1, octubre –diciembre de 1999, pág. 4-6. (Juan Rebuffo)
Testimonios
Relatos de Julián Lecea “el Pocholo”.
Relatos de la familia Encalada Ramírez
