Algo más de los puentes sobre los dos «juguetones riachuelos”

Efraín Borrero Espinosa

Para hablar de los ríos Malacatos y Zamora que abrazan nuestra ciudad evoco las palabras de Máximo Agustín Rodríguez: Loja duerme arrullada por el dulce murmullo de sus dos juguetones riachuelos. Ambos nacen en el nudo de Cajanuma dentro del Parque Nacional Podocarpus, muy cerca el uno del otro. Fluyen de forma paralela custodiando la ciudad y finalmente se funden en un solo cauce en el sector de la Puerta de la Ciudad para continuar su curso con el nombre único de río Zamora.    

Aproximadamente a veinte y tres kilómetros al norte de su confluencia urbana toma un giro hacia el Este, y rompiendo la cordillera oriental andina se adentra con fuerza en la Amazonía, convirtiéndose en el principal eje fluvial que recorre la provincia de Zamora Chinchipe. A su paso llena el embalse hidroeléctrico Delsintanisagua, con un caudal que ha recibido varios afluentes.

Pero esos ríos que forman parte de nuestra identidad urbana no siempre se llamaron así, sus nombres originales cambiaron y su toponimia terminó con la llegada de los españoles. Según registros históricos recogidos por Pío Jaramillo Alvarado, Máximo Agustín Rodríguez y Rafael Riofrío Eguiguren, la transición de nombres ocurrió de la siguiente manera: el río Zamora, se llamó antes río Guancanama, un término de raíz palta fuertemente vinculado a la geografía de la zona. Fue renombrado como un homenaje a la ciudad de Zamora en España, de donde procedían varios de los colonizadores.  

El río Malacatos se llamaba Pulacu. Este apelativo no provino de Europa sino de una adaptación hispanizada de los Malacatus, la parcialidad indígena palta que habitaba en el valle subtropical al sur de la hoya de Loja,

Vale resaltar el nombre de Rafael Riofrío Eguiguren, un eminente abogado, poeta, historiador, arqueólogo, escritor y periodista, que tenía documentos históricos de suma importancia, uno de los cuales fue el acta de independencia de Loja que la había salvado de un incendio. Su hija María Elvira Riofrío Samaniego, casada con Guillermo Eguiguren Riofrío que por muchos años fuera Gerente del Banco de Fomento de Loja, la encontró entre los papeles que dejó su padre. El 16 de febrero de 1990, actuando con rectitud respecto a la memoria histórica local y anteponiendo el beneficio de la ciudad al interés privado, donó al Municipio de Loja ese documento patrimonial permitiendo que desde entonces repose de forma segura en el Salón del Cabildo.

Los ríos Zamora y Malacatos circunscribieron a la pequeña urbe lojana hasta avanzado el siglo XX, de allí que no era necesario construir puentes ya que al otro lado de sus cauces solo había predios rústicos, salvo el que nos conectaba con el camino o carretero norte que era la única vía de acceso.

Cuando Simón Bolívar visitó nuestra ciudad en octubre de 1822 seguramente cruzó el río Malacatos por un rústico paso de madera, porque la construcción sólida del puente se inició en 1878, siendo gobernador de la provincia Manuel José Aguirre Carrión, prestigioso abogado y político que se destacó por notables obras públicas. Fue el primero de la ciudad de ese tipo y se lo denominó puente Bolívar en homenaje a la visita de El Libertador.

La construcción demoró entre cuatro y cinco años utilizando técnicas tradicionales de la época colonial y republicana temprana, destacando el uso de arcos de medio punto de estilo romano y la técnica de cal y canto que consistía en el uso de piedras de río unidas por una mezcla de cal, arena y, en ocasiones, materiales orgánicos como sangre de animal o claras de huevo para aumentar la resistencia de la «pega»; además de utilizar ladrillo.

La conclusión de la obra, incluyendo pasamanos y muros de contención, correspondió a José Miguel Carrión Torres que fue Jefe Civil y Militar de Loja en el período 1882 – 1883, durante el gobierno de facto de Ignacio de Veintemilla.

Para tratar de establecer cuál fue el segundo puente construido sobre el río Malacatos, con características similares y utilizando las mismas técnicas tradicionales del puente Bolívar, me apoyo en la investigación realizada por Patricio Aguirre Aguirre.   

El cementerio o panteón municipal que estaba situado en donde actualmente se encuentra el Coliseo Ciudad de Loja, fue establecido el 28 de diciembre de 1827 siendo gobernador Manuel Carrión y Valdivieso. Esta fecha resulta inequívoca ya que un siglo después se colocó una placa conmemorativa que dice: “En esta fecha cumplió este cementerio cien años de existencia. Loja, diciembre veintiocho de 1927. Municipio de Loja”.

Presumo que esa placa fue colocada en un acto especial y en circunstancias que ya estaba construido el puente que conectaba a la ciudad con ese antiguo camposanto, al cual se lo llamó “Puente del Cementerio”.

Existen fotografías de inicio del siglo XX que fehacientemente dan razón de hombres trabajando en su construcción usando una estructura de madera para moldear su característico arco de medio punto; otras muestran a la primera carroza fúnebre de la época cruzando el puente.

Es posible suponer que antes se utilizó algún paso o puente de madera, ya que el sitio estaba destinado para el servicio público y era visitado con frecuencia.

Increíblemente, el “Puente del Cementerio” fue dinamitado años más tarde y se lo desapareció del mapa urbano con el pretexto de construir uno moderno. Pienso que lo correcto habría sido buscar una alternativa para preservar ese bien patrimonial.

En otras ciudades se ha obrado con inteligencia y amor propio; en Cuenca, por ejemplo, se ha conservado lo que quedó del puente más antiguo de la ciudad arrasado en 1950 por una crecentada del río Tomebamba. Lo conocen como el “Puente Roto” y es uno de los atractivos turísticos de la ciudad. Precisamente, por la preservación de su patrimonio cultural material es que alcanzó el honroso título de Patrimonio de la Humanidad.  

El tercer y último puente con esas características fue el de la calle 10 de agosto, construido cuando el presidente lojano Isidro Ayora Cueva impulsó la construcción de la carretera hacia la costa en 1929. Se lo conocía con el nombre de Santa Rosa porque la vía llegaba hasta esa población en la provincia de El Oro.  

La prolongación de la calle con dirección hacia el occidente, que luego se llamó Diez de Agosto, se la conocía como “la calle de la luz» ya que comunicaba con la primera planta de luz eléctrica inaugurada oficialmente el primero de abril de 1899, y con el primer aserradero de la ciudad. Antes, el cruce del río se hacía por un puente de madera.

Fue el único sector poblado fuera del límite del río Malacatus y abarcaba terrenos de la familia Carrión Mora.  Las edificaciones que se iban construyendo, así como las demás de la urbe, se sometían a la Ordenanza de Ornato aprobada por la Ilustre Municipalidad en el mes de diciembre de 1903, como certifica el secretario Máximo Agustín Rodríguez, que entre otras cosas regulaba la altura de las casas: las de tres pisos, mínimo doce metros y máximo quince metros; las de dos pisos, mínimo ocho metros y máximo diez; y, las de un solo piso máximo cinco metros.  

Años más tarde el puente Santa Rosa también fue derruido bajo la mirada complaciente de quienes, en nombre de una mal entendida ‘modernización’, han arrasado sistemáticamente con el patrimonio cultural material de nuestra urbe. El contraste con la gestión patrimonial en el mundo es doloroso: en Praga, el célebre ‘Puente de Carlos’ —concluido en 1402 en el corazón de la ciudad— se mantiene imponente como un eje peatonal y uno de los mayores atractivos globales. Allá, la modernidad no significó destruir el pasado, sino integrarlo, construyendo toda una red de viaductos contemporáneos a lo largo del río Moldava sin tocar su joya medieval.

Soy de los que piensan que, en la preservación del patrimonio cultural material de nuestra ciudad, el amor infinito por el terruño juega un papel determinante. Ese afecto filial convierte lo tangible en una memoria viva cargada de historia.

En la medida que se producía el crecimiento urbano de nuestra ciudad, rebasando la circunscripción de los ríos Malacatos y Zamora, había necesidad de construir puentes, que inicialmente fueron de madera.  Ese fue el caso del puente en la calle Miguel Riofrío por el cual las monjas de la caridad accedían a una estancia que tenían al otro lado del río, pasando por la casa del habilidoso y recordado técnico Colón Mora.  

Otro puente indispensable fue el que permitía la conexión con el Hospital San Juan de Dios, en la calle Imbabura. También se construyeron unos pocos puentes peatonales para conectar la ciudad con la parte occidental.

En cuanto al río Zamora, recuerdo el puente de madera en la calle Juan de Salinas para acceder al sector del Instituto Técnico Daniel Álvarez Burneo. Probablemente se construyó por la década de 1940 y se lo llamaba “del aguacate”, porque en el sitio había un árbol de esa fruta. Por allí transitábamos los jóvenes para llegar hasta el local de las famosas cecinas de la “Y”, que ha logrado perdurar en el tiempo.

Otro puente fue el de la calle 10 de agosto, al pie de los “Baños Venecia”, para acceder a la parte oriental de la ciudad. Desde allí se iniciaba el camino carrozable a Zamora que fue el sueño cumplido de Ernesto Rodríguez Witt, incansable gestor de esa obra cuando ejerció las funciones de diputado en representación de esa provincia.

Asimismo, el puente ubicado en la parte sur de la ciudad que conducía al sector de Zamora Huayco, cuya estancia fue propiedad de la familia Rodríguez Witt. Era el más distante de la urbe y lugar predilecto para los paseos familiares.

Todos los puentes de hormigón armado que actualmente cruzan los ríos Malacatos y Zamora fueron construidos a partir de mediados del siglo XX, cubriendo las necesidades de movilidad de la población de nuestra querida ciudad.