nuestra capacidad psicológica para enfrentar esta nueva realidad requiere del reforzamiento de nuestra inteligencia espiritual y de todas las inteligencias que nos ayuden a enfrentar el desasosiego, la soledad, la angustia y el vacío de abandono existencial que todo ciudadano los está sintiendo de una o de otra manera en medio del dolor que “no debe ser considerado como algo degradante, sino como una llamada a transformar nuestra vida, quizá humanizarla, desterrando formas equivocadas de vivir” (Orellana, 2000), como las de la indiferencia, el individualismo, el utilitarismo, la falta de solidaridad con el prójimo, el placer y el consumo desenfrenados, la mediocridad intelectual y, lo más grave, la corrupción y degradación moral a la que han llegado, sobre todo, ciertos sectores del orden público que son los que más están llamados a servir cívica, democrática, política y honradamente.
A esta cruda realidad se suma lo que sostiene el filósofo coreano Byung-Chul Han: “La hipercomunicación consecuencia de la digitalización nos permite estar cada vez más interconectados, pero la interconexión no trae consigo más vincu¬lación ni más cercanía. Las redes sociales también acaban con la dimensión social al poner el ego en el centro. A pesar de la hipercomunicación digital, en nuestra sociedad la soledad y el aislamiento aumentan. Hoy en día se nos invita continuamente a comunicar nuestras opiniones, necesidades, deseos o preferencias, incluso a que contemos nuestra vida. Cada uno se produce y se representa a sí mismo. Todo el mundo practica el culto, la adoración del yo. Por eso digo que los rituales producen una comunidad sin comunicación. En cambio, hoy en día prevalece la comunicación sin comunidad. Cada vez celebramos menos fiestas comunitarias. Cada uno se celebra solo a sí mismo” (Diario El País, 2020).
Y, aquí, creo que está la clave más honda de lo humano para salir de esta crisis endémica: “Cuando uno se celebra a sí mismo”, es porque, de pronto, aparece un espacio de silencio, de reflexión, de meditación y de una serie de interrogantes antropológicas para repensar, en medio del dolor más agudo, una ética o un arte de vida que puede ser promovido con creatividad desde lo más hondo de nuestra realidad espiritual. Se trata, pues, de un “impulso ético, encaminado hacia ese laborioso “arte de vivir” no solo en la bondad generosa y hasta dócil sino también en la imparcialidad, en la prudencia y en la justicia, ¿no requerirá una buena dosis de inteligencia?” (Gonzálvez, 2000).
En efecto, la inteligencia, lo espiritual y lo ético se dan la mano para asumir un cognitivismo moral que le dé fortaleza y credibilidad al lenguaje hablado, visual, escrito y lector, de manera que, todas las expresiones lingüísticas estén habilitadas para que nuestro accionar humano se vea robustecido de un buen talante moral que presuponga “ya en su propia definición, como condición necesaria –mas no suficiente-, la buena presencia y salud de una inteligencia lógica que lo impregna además de posibilitarlo. Alguien moralmente maduro llega a serlo fundamentalmente con el concurso de su capacidad deductiva, de su inteligencia indagadora, de su razón desarrollada hasta el extremo de operar ágilmente con lo abstracto y lo posible” (Gonzálvez, 2000).
Pues, la práctica de un nuevo arte para vivir, desde la condición de dolor en que nos tiene la pandemia, en efecto, necesita de una aguda inteligencia antropológico-moral.
