La responsabilidad individual unida a la colectiva nos hará una sociedad más fuerte, cuidadosa y unida

Campos Ortega


No queremos llover sobre mojado, pero se hace necesario reflexionar sobre lo que estamos viviendo en este tiempo de pandemia, que nos recuerda, nos enseña a mirar la crisis y problemas de nuestro país que han estado presentes por muchos años como algo normal y cotidiano como el frágil sistema de salud, la desigualdad social, la desvalorización del campo y la agricultura, la precarización laboral y el ennoblecer al capitalismo antes que el cuidado de la vida. “El lavado de manos” o “quedarse en casa” no son acciones a los que todas las personas tengan acceso, nueva situación que ha permitido que tengamos mayor conciencia de nuestra interdependencia con todas las personas en una compleja red de relaciones, al igual que con otras formas de vida con las que coexistimos.

La pandemia nos ha generado miedo porque sabemos que no podemos controlarla. Pero el miedo y el confinamiento se han transformado en una oportunidad para reflexionar y forjar la esperanza de que esta situación nos permitirá re- pensarnos y ser diferentes: privilegiar la solidaridad, la responsabilidad y la consciencia del impacto de nuestros actos como especie. Creemos que puede surgir un sistema diferente en el que se priorice la vida frente a la economía, en el que se mejore el acceso a la salud, las condiciones del personal médico y las instituciones de salud en todos los países. Del mismo modo puede permitir que redefinamos qué es vivir bien: compartir con la familia, tener salud, que los demás estén bien, pertenecer a una comunidad, cambiar el concepto de bienestar que tenemos todos los seres humanos, que está ligado a lo económico, a la producción y al consumo. El Covid-19 a nivel mundial nos ha llevado a replantear la manera en que nos relacionamos entre nosotros y con nuestro entorno. El acelerado ritmo de vida que llevamos, el individualismo característico de nuestra sociedad moderna, la falta de relaciones de calidad y la huella ecológica que dejamos nos muestran hoy que hemos dejado de lado los principios de solidaridad, reciprocidad, cooperación y empatía.
Como individuos, puede que adquiramos una nueva conciencia de nuestra relación e interrelación con la naturaleza, que pensemos menos individualmente y más en colectivo. Que comprendamos lo importante de valorar y proteger la vida de los campesinos, comprender la importancia y procedencia de nuestros alimentos y las cadenas de producción. Además, entender el impacto de los comportamientos individuales en las dinámicas sociales y en el bienestar de los demás.

Nos gustaría que la sociedad después de la pandemia centrara sus esfuerzos y energías en la economía del bienestar, en virtud de la solidaridad que debemos construir como especie. Este es un llamado a trabajar desde la solidaridad y la empatía como una sociedad en donde todos podemos y debemos tener acceso a lo que es esencial para la vida. Se trata de convertir en derechos lo que hoy son privilegios. La salud integral y la educación de calidad deben ser un derecho para todos como sociedad. El planeta se ha puesto en pausa y ahora escuchamos de una forma diferente a la naturaleza. Sin planearlo estamos velando por la recuperación ambiental y está en nuestras manos empezar a construir formas de convivencia solidarias con nuestro entorno. Pensamos que ha llegado el momento de repensar la manera de relacionarnos sin que excluyamos a nadie y nuevos tipos de cuidados que consideren a la vida en el centro del accionar diario. la responsabilidad individual unida a la colectiva nos hará una sociedad más fuerte, cuidadosa, sólo así podremos salir de este momento nada grato para la humanidad. Así sea.