La esperanza nos anima

P. Milko Torres

La dura realidad que vivimos, va constituyéndose en una oportunidad para reflexionar sobre nuestra propia fragilidad, y el modo como vamos construyendo la historia que transitamos, con sus grandezas y miserias.

Muchas son las preguntas que nos asaltan ante la desolación que está pandemia va dejando y la incertidumbre por el futuro que tendremos que enfrentar. ¿Hasta cuándo viviremos esta realidad? ¿Cómo espera Dios que vivamos esta situación? La experiencia de los hombres y mujeres de la Biblia, desde la partida de Abraham detrás de la promesa de Dios, hasta las primeras comunidades de discípulos de Jesucristo, es la historia de quienes han confiado en la cercanía amorosa del Padre/Madre Dios, que sostiene a sus hijos e hijas, en la lucha contra las fuerzas del mal, palpables en el pecado, la injusticia y la muerte.

El Dios del Reino proclamado por Jesús, no es un Dios “mago”, que por un sortilegio se saca del sombrero un mundo nuevo y transfigurado, sino que es el Dios encarnado que cuenta con cada uno de nosotros para llevar adelante su proyecto de fraternidad y la victoria sobre el mal. Así lo entendieron las comunidades cristianas que viven la fidelidad al proyecto de Jesús de Nazaret, como una experiencia de resistencia a los poderes del mal. Vivir la fe en el Resucitado, exigió de ellos, lealtad y perseverancia a pesar de las tribulaciones propias de un mundo que pasa, vulnerable e imperfecto. Porque la esperanza de los cristianos es también la nuestra. Esperanza que es mirada y orientación hacia adelante, y apertura y transformación del presente. Es decir, caminamos hacia los cielos nuevos y tierra nueva, que se forjan desde ahora, con nuestras luchas porque el Reino de Dios se haga presente. Este tiempo lo vivimos llenos de una fe a prueba de fuego. Dice el Papa Francisco: La esperanza es vivir en tensión, siempre, sabiendo que no podemos hacer el nido aquí: la vida del cristiano está “en tensión hacia”. Si un cristiano pierde esta perspectiva, su vida se vuelve estática y las cosas que no se mueven se corrompen. Pensemos en el agua: cuando el agua está quieta, no corre, no se mueve, se corrompe.

Al cristiano que no es capaz de estar en tensión hacia la otra orilla, le falta algo: terminará corrupto. Para él, la vida cristiana será una doctrina filosófica, la vivirá así, dirá que es fe pero sin esperanza no lo es.Por eso, la esperanza es una virtud que no se ve: trabaja desde abajo; nos hace ir y mirar desde abajo. No es fácil vivir en la esperanza, pero yo diría que debería ser el aire que respira un cristiano, el aire de la esperanza; de lo contrario, no podrá caminar, no podrá seguir adelante porque no sabe adónde ir. La esperanza – esto sí es verdad – nos da seguridad: la esperanza no defrauda. Si tú esperas, no te decepcionarás. Debemos abrirnos a esa promesa del Señor, inclinándonos hacia esa promesa, pero sabiendo que hay un Espíritu que trabaja en nosotros. Dios con nosotros.