La riqueza de la lectura desde la experiencia y autonomía personales

Galo Guerrero-Jiménez

Todas aquellas realidades humanas que no pueden cuantificarse matemática ni experimentalmente, pertenecen al campo de las ciencias del espíritu o ciencias experienciales, dado que son producto de las vivencias personales, muy íntimas y que, por ende, tienen su propia racionalidad y metodología (Terán Dutari, 2012), porque parten de la experiencia profunda, vital, biográfica y hermenéuticamente sentidas en el individuo que se adentra en esa circunstancia pragmática desde su propia condición axiológica, fenomenológica, contextual, afectiva y antropológicamente experimentada desde el poder que su subjetividad y su cognición le permiten sacar a flote la experiencia y esencia de sus pensamientos, sus sentimientos, sus emociones y su razonar simbólicamente representados literal, inferencial, crítica y proactivamente alineados en un cúmulo de ideas que aparecen mentalmente consignados en su cerebro desde la más plena condición de su personalidad que la inteligencia espiritual y lingüística han podido modelar para bien de ese yo personal que ha sido capaz de procesar todas esas representaciones internas que fluyen en la psicología y manera de ser de esa persona que puede llegar a ser brillante en su campo de trabajo intelectual y emocionalmente asumido.

Esta realidad experiencial es la que se manifiesta con toda la evidencia espiritual en el campo de la lectura. Pues, el lector no lee para someter su cognición a un proceso de medición ni de experimentación, aunque haya investigadores que quieran analizar la conducta de los lectores para extraer resultados cuantificables y matemáticamente procesados desde el mundo de las ciencias experimentales. El lector asiduo, lo que hace al leer es que, de manera progresiva, vaya adquiriendo una experiencia muy personal para procesar la información que recibe del mundo exterior a través de un texto escrito, sea de la temática que sea, y con mayor razón cuando esa información procede del mundo de la ficción, del arte, de la cultura y de los vericuetos sociales que generan diversos tipos de conducta que, luego, el lector sabe cómo los procesa desde el mundo de su experiencia subjetiva; incluso, corriendo el riesgo de que esa riqueza interior que flota airosa en el lector sea producto de nuestro mapa mental, el cual “siempre será una versión incompleta e inexacta de lo que hay en el mundo, debido al proceso de distorsión , eliminación y generalización que tiene lugar cuando la información circula a través de nuestros canales neurológicos y lingüísticos” (Bavister y Vickers, 2014).

Por eso, la riqueza de la lectura está en lo que pensamos y sentimos, no en lo que memorizamos y aprendemos para dar una lección o para hacer una tarea escolar o académica por importante que esta sea para nuestra formación personal. “En cualquier caso, a través de la lectura y de la escritura, [especialmente los] adolescentes y jóvenes expresan sentimientos, fantasías e ideas, se sumergen en mundos de ficción, acceden al conocimiento de su entorno físico y cultural y descubren que saber leer, saber entender y saber escribir es algo enormemente útil en los diversos ámbitos no solo de la vida escolar sino también de su vida personal y social” (Lomas, 2003). Pues, esta experiencia personal con el tiempo logra lectores autónomos, satisfechos, “capaces de enfrentarse de manera inteligente a textos de diversa índole, la mayoría de las veces distintos de los que se usan cuando se instruye. Hacer lectores autónomos significa también hacer lectores capaces de aprender a partir de los textos. Para ello, quien lee debe ser capaz de interrogarse acerca de su propia comprensión, establecer relaciones entre lo que lee y lo que forma parte de sus propios conocimientos y experiencias, cuestionar sus conocimientos y modificarlos, establecer generalizaciones” (Suárez Muñoz, 2014) e infinidad de circunstancias que pensamos acerca del texto que leemos y que, de hecho, nos afecta a cómo lo experimentamos.