El cura que libró al abogado

Efraín Borrero E.

La ciudad de Loja vivía momentos de zozobra e incertidumbre. La noticia llegó a todos los rincones con la fuerza del viento, zigzagueando las montañas y encendiendo las alarmas a su paso. Sé sabía que el joven esmeraldeño, Coronel Luis Vargas Torres, con tan solo 32 años de edad, exiliado en la capital peruana, hombre de confianza y fiel seguidor del líder de la revolución liberal, Eloy Alfaro Delgado, había recibido de éste la disposición de tomar la plaza de Loja.

Vargas Torres diseñó las estrategias. Con croquis sobre la mesa identificó rutas, senderos, caseríos y otras localidades, y sobre todo contactó con líderes liberales de Loja, uno de los cuales fue el doctor Agustín Espinosa Álvarez, abogado de profesión.
A finales de 1886 el revolucionario partió desde Piura, Perú, comandando pelotones rumbo al objetivo trazado, en una acción idealista a la vez que suicida ya que solo contaba con 300 hombres.

José María Plácido Caamaño, presidente de la República, de tendencia conservadora, alistó la arremetida y dispuso al coronel Antonio Vega Muñoz se desplace hasta el sur con fuerzas militares acantonadas en Cuenca, con la consigna de liquidar las tropas de Vargas Torres y a todo conspirador revolucionario liberal que se asome en el camino.
Mientras tanto en la ciudad de Loja la gente se encomendaba a todos los santos y las iglesias se llenaban de feligreses. La más concurrida fue la Inmaculada Concepción, conocida comúnmente como de San Sebastián, entonces regentada por el cura párroco Eliseo Álvarez Sánchez.

El nonagenario Daniel Álvarez, sacando a relucir su lucidez y memoria de elefante, me conversó, con profundo sentimiento de admiración, que el cura Eliseo fue un hombre virtuoso y con extraordinaria fuerza humana; “un santo que vivió para sus semejantes en amor de Dios”.

Él construyó ese templo en honor a la Virgen de Lourdes, pues estaba fresca la noticia de la aparición de la Virgen María en Lourdes, Francia. Lo hizo con sus propios recursos, con los de su familia, pidiendo limosnas y organizando bazares y otros eventos; es decir toda una minga.

Su amor a los pobres, a los enfermos y a los niños era ejemplar, por eso mantuvo a su costa una escuela para niños, y cuando falleció legó su casa para el funcionamiento de la misma, que luego llevara su nombre.

Pío Jaramillo Alvarado recuerda que en el camino a Malacatos fundó el caserío llamado Pueblo Nuevo. Que junto al Dean Castillo dotó de agua al Barrio Obrero, y que “uno de sus más grandes éxitos fue establecer una feria anual, en la inauguración del templo de Lourdes, feria comercial de gran utilidad económica y que siguió celebrándose con gran concurrencia por algunos años”. Se realizaba cada 8 de diciembre.

A ese fervor religioso se debe el nombre de la emblemática calle Nuestra Señora de Lourdes, la más atractiva de la ciudad porque nos traslada imaginariamente a la época de antaño. Lo que admiran los turistas es la casa considerada la más estrecha del mundo, dos centímetros menos que la construida en Amsterdam alrededor del año 1600, en la calle Oude Hoogstraat.
La Lourdes es una calle que se conserva como una reliquia colonial y muestra sus casas pintadas de llamativos y vistosos colores, con sus balcones de madera y faroles.
De su parte el coronel Luis Vargas Torres avanzaba hacia Loja. Se dice que en Celica atacó a las tropas gobiernistas allí acantonadas y que en Catacocha lanzó un manifiesto, el 28 de noviembre de 1886, suscrito por varias personas reunidas en la Casa Municipal, en el cual declaraban desconocer al gobierno de Plácido Caamaño y encomendar la obra de la transformación política al General Eloy Alfaro, por supuesto sin mayor repercusión.

El día 7 de diciembre de ese año llegó a Loja al mando de su tropa de revolucionarios. En el sector de La Argelia se encontró con sus aliados lojanos, a la cabeza Agustín Espinosa Álvarez. El ejército venido desde Cuenca al mando del coronel Vega Muñoz, muy superior numéricamente, los enfrentó en una batalla de fiero combate. Vargas Torres quemó el último cartucho y luego de cinco horas de luchar hombre a hombre cayó prisionero juntamente con 27 oficiales y 42 soldados de tropa. La derrota fue total.
Oswaldo Espinosa, que sabe al dedillo sus raíces familiares, me comentó que el doctor Agustín logró escapar y se dirigió a donde su tío Eliseo Álvarez quien estaba en santa oración en el templo que había construido. Al curita, sin saber qué hacer con su sobrino, se le prendió el foco y lo escondió detrás de la Venerada Imagen de Nuestra Señora de Lourdes, ubicada en la parte superior del retablo de la nave principal, cubriéndolo con su ancho manto.

El coronel Vega, que estaba bien informado, puso su sospecha en el templo para localizar a Espinosa y con un grupo de soldados fue tras su paradero. El golpe de las botas sobre el tablado de la iglesia producía una bulla espeluznante. Los pocos católicos del barrio allí presentes temblaban de pánico. Los feroces soldados los chequearon uno por uno para ver si alguien tenía cara de abogado. Hurgaron todos los rincones sin imaginarse dónde estaba Espinosa.

Apurados salieron del templo rumbo a Cuenca llevando a Vargas Torres y a los demás prisioneros. El cura Eliseo salió sigilosamente a la puerta para ver si no había moros en la costa y avisar a su sobrino. Te salvaste gallito, le dijo. Gracias a la Virgen de Lourdes, replicó.

Agustín Espinosa fue elegido posteriormente senador por la provincia y designado gobernador de Loja. El curita Eliseo falleció en el confesionario de la iglesia después de haber confesado a un muerto. Luis Vargas Torres fue fusilado en el Parque Calderón el 20 de marzo de 1887. El laureado poeta Remigio Romero y Cordero escribió: “Y… suena la descarga, seca, matemática, sorda, mientras rueda Vargas Torres, entre un alarido escalofriante, que, sin quererlo, ha dejado escapar el espanto horrorizado de las multitudes”.