¿El valor por debajo de mi interés?


Confieso que heredo el ADN paterno de la pasión por la comunicación social: periódico, radio, redes sociales, televisión. Durante muchos años he compartido mi pensamiento, que puede entenderse como “Mi yo interior”.

La manera más objetiva de conocer la realidad y la vida interior de una persona es introduciéndonos en el análisis y la lectura de sus expresiones escritas u orales. Comunicar valores, partiendo de una experiencia diaria, es mostrar transparencia, testimonio de vida. Hablar o escribir acerca de esta dimensión, tan importante en el mundo de hoy, genera retos, respuestas ante los signos de los tiempos. El valor, en sí mismo, es incalculable en el desarrollo de la persona. Asumir la esencia de un valor, puede marcar una vocación, un modo de vivir, de trascender en el mundo. O, lo contrario, traicionar ideales, es decir, vivir, sin dejar huella. Una imagen, en apariencia dinámica, pero vacía. Un ser humano que actúa, pero que, al final de cuentas, no es feliz. Hoy me cuestiono, a modo de examen de conciencia, si mis intereses pesan más, o, menos, que mis valores. Como pasajero en este apasionante tren de la vida me esfuerzo por asimilar lo que sucede.

Nuestro mundo también navega en los mares del relativismo. El Papa Francisco nos ha recordado que uno de los males de este tiempo, junto a la pandemia del coronavirus, es el agnosticismo. He dialogado con muchas personas a quienes les da igual vivir o no vivir, o vivir a su manera, de la forma que les parezca mejor. A veces, sin conocer la espiritualidad de un valor. La eficacia en la producción, el éxito comercial o financiero, pueden estar por encima de un valor. A modo de ejemplo: el cambio climático, una realidad tan importante porque es nuestra casa la que está en peligro, merece nuestra atención, es relativizada por intereses multinacionales, políticos, ideológicos, fundamentalismos religiosos.

El cuidado de nuestra casa común es nuestra responsabilidad, nuestro presente y nuestro futuro, más allá de otro interés explícito o implícito de las llamadas superpotencias. Además, las consecuencias y efectos de la pandemia ocasionada por el coronavirus, abren el horizonte de la preocupación y del verdadero interés por la salud de la humanidad. El valor de la vida es más importante que todo. Sin embargo, volviendo al interés de las naciones desarrolladas económica y bélicamente, su decisión es relativa. Parece que la vida de muchos seres humanos en países menos desarrollados vale muy poco. Nada. Sin exagerar. A todas estas consideraciones me permito sumar la amenaza de una barbarie humana en Afganistán. La vida del ser humano, de los niños, de las mujeres, de la dignidad por encima de todo, debe alcanzar el nivel más alto en nuestra escala de valores. Nosotros, como personas de buen corazón, hacemos lo necesario, lo posible, lo imposible lo hará Dios. Respondamos a este interrogante.