Una opción de vida

Luis Pineda

Hace varias décadas, tuvimos la oportunidad de compartir sueños y compromisos pastorales con el padre José Luis Caravias. Un año después de su fallecimiento, les ofrecemos algunos fragmentos de su confesión de fe, como un ejemplo de un cristiano comprometido con Dios y con las personas con quienes vivió y trabajó:

“No tengo pruebas científicas de que exista Dios, ni de lo que pueda haber después de la muerte.

Remando ya la laguna de los 80, las dudas acribillan mi fe. Me bullen los interrogantes ante las crueldades estructurales de los poderosos, el sufrimiento de los inocentes, la miseria de tanta gente, las catástrofes naturales…

¿Dónde está Dios? ¿Por qué no actúa? ¿Por qué algunos bandidos lo pasan tan bien y tanta gente buena lo pasa tan mal? ¿Por qué Dios se queda con los brazos cruzados viendo cómo el malvado se traga al inocente? Es insoportable el silencio de Dios ante tanto sufrimiento absurdo. ¿Por qué no liberaste ni a tu propio Hijo de aquella muerte tan ignominiosa?

No puedo negar una presencia divina en mi vida ni en la vida de otras muchas personas a quienes he acompañado en profundidad. Contemplo a Dios en parejas largamente enamoradas y en madres heroicamente solidarias. He sintonizado la presencia de Dios en heroicas luchas de organizaciones populares…

No lo veo, no lo puedo tocar, pero he experimentado personalmente sus energías, tan tiernas y tan poderosas… Encerrado en calabozo sin horizontes la mano de Dios acarició mi corazón. Sentí su abrazo cuando me calumniaron o me persiguieron a muerte… Con su doble tracción he atravesado ciénagas tenebrosas… Su energía ha iluminado mis recodos oscuros y movido mis pesadas maquinarias…

Tanto, que a mis 81 años puedo compartir gozoso la vida de un barrio marginal…

Por eso opto por creer en Dios, pero un Dios distinto… A partir de mi experiencia vital de Dios, extasiado puedo admirarlo en las maravillas de la naturaleza. Creo que las energías del Universo, gravedad y expansión, son de Dios, tanto en el micro como en el macrocosmos. Reconozco que las maravillas de la evolución de la vida a través de millones de años son reflejo de la paciente sabiduría divina.

El Dios de Jesús no tiene poder. Es sólo misericordia. Le duele el ser humano. Pero es impotente ante la libertad que nos dio. Es tan impotente que necesita de nuestra colaboración. En el rostro de todo sufriente veo el rostro de Jesús interpelándome. Lo hago presente en mi vida viviendo la misericordia… A lo único que ayuda Dios es a querer, especialmente a los marginados, creando fraternidad. Me entusiasma la figura del Jesús de los Evangelios. Cristologías y Cristofanías. También novelas, pinturas, películas… Pero rechazo indignado enfoques fanáticos, trasnochados o elitistas.

Creo en el triunfo evolutivo de Cristo. Él es la cumbre, el punto Omega, hacia el que tiende la marcha del Universo. Creo en su presencia intercultural, interreligiosa e intergaláctica… Espero que de alguna forma el amor que he desarrollado en esta vida se expanda sin fronteras, más allá del espacio y el tiempo… Lo acepto, en oscuridad, sin preguntar por el cómo. Con los ojos puestos en Jesús, el Jesús encarnado, hago antesala tranquilo…”