El valor de la palabra

Juan Luna Rengel

La palabra es el vehículo a través del cual nos comunicamos y establecemos relaciones interpersonales e interinstitucionales, deben estar orientadas a mejorar la relaciones humanas, sociales y políticas, a fin de, procurar una convivencia armónica entre las personas, en la sociedad, en el estado, por ello, cada palabra que emerge debe ser viva y eficaz en la construcción de la familia, de la sociedad y de un estado organizado.

La palabra viva, crea acción, es comunicación que transmite conocimientos o errores, confianzas o desconfianzas y cobran sentido en la mente para después convertirse en pensamientos y obras, es un arma tan poderosa que a través de ellas podemos construir o destruir. La palabra es presencia, fuerza, movimiento, de ahí la importancia que tiene en la vida personal, familiar, grupal, social, política, económica, cultural, religiosa, es trascendente y vital.

La eficacia de la palabra pasa por la reacción, compromiso y trascendencia que genera en los ciudadanos, en los líderes que las pronuncian, en los gobernantes que rigen los destinos de los pueblos. Tiene que ver con la credibilidad y la confianza que inspira y que a la postre generan vida y una vida a plenitud.

La magia de la palabra radica en la capacidad que tienen para movilizar o desmovilizar a las personas al despertar emociones, pasiones, afectos o desafectos: A veces esa magia nos acerca, o nos aleja del otro, por la fuerza o dubitación con que se las emite, o por su coherencia o incoherencia de la forma y vida de las personas. Urge, por tanto, la necesidad de recuperar, conservar y preservar el valor de la palabra para darle sentido y contenido a lo que se dice, de allí el sabio, en algún momento dijo “si vas a decir algo, dilo, siempre y cuando no vaya a causar daño a nadie”, es decir, debemos hablar para construir, edificar y no para destruir.

El valor de la palabra está en lo que dice, en lo que se hace, en lo que se vive, que nos conduce al ser, de allí que, “somos lo que pensamos y hacemos”.

Hoy, en una sociedad relativizada, mediada por la tecnología, ligth y sin un compromiso a largo plazo, vemos con frecuencia, como los líderes gobernantes y sociales desdicen su palabra y su valor pierde credibilidad, precisamente, por su incapacidad para sostener y cumplir con su palabra, la magia con la que deben comunicar no lleva la luz de la coherencia, sino la obscuridad de sus conveniencias, por lo que, la eficacia de su mensaje se debilita en la incoherencia de vivir.

Ejemplos abundan, sin embargo, no es mi intención destacar el mal uso de la palabra, sino su virtud comunicativa que debe llevarnos a construir los consensos básicos y fundamentales para el funcionamiento del Estado y de la sociedad en su conjunto. La confianza que nace de la palabra y su sentido genera seguridad y esperanza en el futuro, caso contrario será motor de pánico.

Urge que la persona, la sociedad y el Estado recuperen la credibilidad recuperando el valor de la palabra, de la confianza y del prestigio. Necesitamos un lenguaje verdadero, sin dobles ni triples interpretaciones, hagamos vida la sentencia bíblica: antes bien, sea el hablar de ustedes: ‘Sí, sí’ o ‘No, no’; porque lo que es más de esto, procede del mal” (Mateo 5, 37).