P. Milko René Torres Ordóñez
La Liturgia de la Palabra de este domingo centra su reflexión en tres dimensiones fundamentales de los seres humanos: confesión, confianza, miedo. Tres partes de un triángulo. Cada una de ellas tiene su importancia y finalidad. La persona está formada por el alma, el cuerpo y el espíritu.
De la misma manera nuestra fe se fortalece en Dios (Padre), Hijo (Jesús) y Espíritu Santo. Uno de los testamentos espirituales más influyentes en la espiritualidad de la vida cristiana es el escrito por San Agustín, sus “Confesiones”. En este tratado encontramos el desglose transparente de la intimidad de un hombre que encontró su plenitud en Dios: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste…”. Santa Teresa de Jesús sintetiza su visión mística de las Confesiones de esta manera: “Alaban la justicia y la bondad de Dios tanto por mis obras malas como por las buenas, y mueven hacia Él el espíritu y el corazón humano. Al menos en cuanto a mí eso hicieron en mí cuando las escribía, y continúan haciendo cuando se leen”. Disfrutan quienes se subyugan y se sumergen en la sabia lectura espiritual de las consideraciones místicas. Esta correspondencia armónica de dos almas enamoradas de Dios responde con objetividad a la riqueza de una confesión. En San Juan de la Cruz la confianza nace con el trato con Dios en la oración filial. Es su deleite, su riqueza, un torrente de generosidad inagotable: “Me lo imagino como el profeta Jeremías cuando dice: “Había en mi corazón algo así como fuego ardiente y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía” (Jer 20, 9). Frente a estas eternas consideraciones podemos entender que el miedo no debe tener cabida en ningún espacio de nuestra vida interior. San Juan Pablo II, señalaba: “¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo…No tengáis miedo de hablar de Él! Pues Cristo es la respuesta verdadera a todas las preguntas sobre el hombre y su destino. ¡Es preciso que vosotros jóvenes os convirtáis en apóstoles! Jeremías a pesar de saber que Dios le ha “arruinado” su vida, prefiere a Dios; prefiere ponerse en sus manos. San Mateo, en concordancia con el profeta Jeremías, enseña que nunca debemos sentirnos abandonados en un callejón sin salida. Jesús nos reafirma su confianza: “No tengan miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído, difúndanlo desde la azotea”. Esta frase es una sentencia radical más allá de un silencio que nos mata. La verdad y la vida la encontramos en Él. Si confesamos abiertamente nuestra confianza en quien nos ha llamado para enviarnos a cumplir una misión entre lobos vestidos de oveja estaremos dispuestos y preparados para entender los caminos de Dios. Es elocuente el Papa Francisco: “La confianza es necesaria, genera amor y ninguno de nosotros puede vivir sin amor”.
