Con Cristo…  

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

El encuentro con la Palabra de Dios es transformante, único en su contenido y expresión. Cada versículo del Texto Sagrado introduce al lector en un laberinto de compromisos. El mundo del Antiguo Testamento tiene misterios, verdades. José Luis Sicre, biblista, lo describe como un gran lago que se nutre de un sinnúmero de afluentes.

No es un lugar calmado, aunque muchas veces nos trae paz la lectura contemplativa de sus páginas. La moral que presenta a más de uno despierta serios y valiosos interrogantes. Tampoco es una moral perfecta. Me atrevo a decir que es perfectible. El devenir del mundo antiguo encuentra su razón de ser y su cauce correcto en el Nuevo Testamento. Los hechos y personajes son prefiguración del gran acontecimiento que es la venida de nuestro Señor Jesucristo. Pasamos, por lo tanto, de una promesa al cumplimiento de cuanto es anunciado previamente por profetas, sacerdotes, reyes. Jesucristo es Sumo y Eterno Sacerdote, Víctima y Altar. Uno de los personajes emblemáticos es Eliseo. Adalid del amor al prójimo. En un encuentro dramático con una mujer sunamita agradece la hospitalidad, también la oportunidad de generar esperanza. Ella no tiene hijos. Vive con su esposo que es anciano. La fecundidad es una bendición y un don de Dios. La profecía hecha realidad complementa el mensaje del Salmo 88: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”. En la Biblia, quien acoge a un hombre de Dios, acoge a Dios”. Decía sabiamente San Juan Pablo II que cuando un hombre de Dios habla no hay que mirar el reloj. San Pablo, enamorado de Cristo, profundiza en la dimensión solidaria del bautismo. Participamos en una vida nueva como el comienzo de una verdadera praxis de amor: “Quien me ve a mí, ve al Padre”. Una profunda expresión que denota un intercambio recíproco de fe y cercanía. Cristo, el gran Maestro, llama de modo frecuente a formar parte del anuncio del Reino de Dios. Una misión que tiene sus prerrequisitos: asumir el llamado en constante conflicto, romper lazos y tradiciones que nos atan. No nos permiten seguir a Jesús con libertad, sin ataduras. Jesús es “El Evangelio”. No ha nacido otra persona que sea capaz de colocarse encima de Él. Hay que afirmar que el seguimiento de Jesús exige radicalidad. Toda ella gira en torno a la belleza del amor. El cristiano, hombre de Dios, vive una larga cadena de valores, desde el hecho de dar de beber un vaso de agua a cualquiera, hasta dar la vida por los demás. La renuncia a nuestro querer y sentir es otra de las exigencias en el cumplimiento de la misión. Cargar con su cruz de manera libre, con dignidad y honor. Como corolario de lo que estamos reflexionando debemos asumir nuestra condición de oyentes de la Palabra. El Papa Francisco enseña: “Hombres y mujeres que, como los primeros cristianos, huyen llevando consigo la Palabra recibida. Conservan su fe como el tesoro que da sentido a las circunstancias duras, a veces terribles, que tienen que afrontar: abrazados a la Cruz de Cristo, veneran la Palabra de Dios que permanece para siempre”. Todo bautizado está configurado en Cristo como Discípulo y Misionero. Con Él y en Él.