La voz de un hombre de Dios, un profeta, tiene la fuerza de la palabra que cambia la historia. Isaías, utiliza un lenguaje cargado de símbolos, para reafirmar un mensaje que transforma. La Palabra de Dios es una espada de doble filo. Es recíproca en su respuesta a quien la proclama y para quien la recibe: como la lluvia y la nieve, no vuelve vacía desde lo alto. Los acontecimientos encuentran su razón de ser en el compromiso de quienes tienen a Dios en su vida.
No hay espacio para el subjetivismo, ni para la indiferencia. Cuando habla en nombre de Dios permanece transfigurado, como Moisés en el Horeb. El profeta transforma muchas realidades oscuras en luz, como una nueva creación. En las circunstancias actuales cada palabra divina se convierte en un campo de batalla en el que resulta inevitable la confrontación con ideologías, con frecuencia reaccionarias. El Apóstol de las naciones, Pablo, refresca su cristología desde una perspectiva “ecológica”. La creación corre peligro. El universo debe cargarse de esperanza, debe ser redimido. Dios, Creador, ha puesto todo en manos del hombre. Recordemos lo que dice el Génesis: debe gobernar la tierra y hacerla fecunda. San Pablo reflexiona en base a una profunda teología bíblica. La historia de la humanidad alcanza su plenitud en Cristo, con Él y en Él. Ella está ligada al destino del hombre. No existe mejor argumento para una auténtica ecología teológica. Jesús, el Verbo, es palabra viva, palabra de fe. Las parábolas que emplea para explicar el acontecer de Dios en cada persona nunca podrán ser comprendidas en su verdadero sentido sino a la luz de la fe. La Palabra de Dios es semilla que engendra. En efecto, la parábola del sembrador, con su correspondiente hermenéutica, es rica en simbología y en su dimensión ecológica y ética. La semilla cae en terrenos diversos. Jesús las aplica a nuestra vida. Una catequesis llena de sentido práctico. Nos impele a dar frutos, a compartirlos con nuestros hermanos en la realidad que cada uno vive. La Palabra de Dios es fecunda y eterna. El Papa Francisco, cuando explica el misterio de la Palabra, invita a salir a la periferia: “La Palabra de Dios, representada por las semillas, no es una Palabra abstracta, sino que es Cristo mismo, el Verbo del Padre que se ha encarnado en el vientre de María. Por lo tanto, acoger la Palabra de Dios quiere decir acoger la persona de Cristo, el mismo Cristo. Hay distintas maneras de recibir la Palabra de Dios. Podemos hacerlo como un camino, donde en seguida vienen los pájaros y se comen las semillas. Esta sería la distracción, un gran peligro de nuestro tiempo. Acosados por tantos chismorreos, por tantas ideologías, por las continuas posibilidades de distraerse dentro y fuera de casa, se puede perder el gusto del silencio, del recogimiento, del diálogo con el Señor, tanto como para correr el riesgo de perder la fe, de no acoger la Palabra de Dios. Estamos viendo todo, distraídos por todo, por las cosas mundanas”. Nunca dejaremos de ser peregrinos de Dios y de su Palabra. Debemos caminar y esparcir la semilla para que fructifiquen los dones del Espíritu Santo.
