Los tilingos y el constructivismo

César Augusto Correa

elcesarbelt@gmail.com

Cuando estaba en la secundaria nos reíamos con el cuento de que una señora estaba dando manotazos al aire, el marido la vio y le preguntó que qué estaba haciendo. Ella contestó que estaba cogiendo tilingos. Él preguntó nuevamente, que qué cosa eran los tilingos. Ella le respondió: “no sé, todavía no he cogido ni uno”.

Actualmente en las universidades está de moda hablar del constructivismo en la educación, aunque nadie lo ha visto funcionando.

Se habla de los fundamentos epistemológicos, de los fundamentos científicos, de los fundamentos filosóficos, de los fundamentos pedagógicos del constructivismo, se cita libros y autores, se profundiza en el tema entrando a analizar el aprendizaje, la didáctica, currículo, la construcción del significado, los conocimientos previos, las comprensiones individuales en interacción, etc.

Se toman pruebas a los alumnos, que deben adivinar en sus respuestas lo que el catedrático tiene en su imaginación sobre lo que está preguntando. Y se hacen tesis de licenciaturas y de doctorados, con tantos aportes al conocimiento como los que entregó el voluminoso libro sobre la espalda de los ángeles, escrito hace más de mil años.

No es el único caso en el cual se aborda los temas en las aulas universitarias con ciento por ciento de imaginación y cero de realidad. Es que el método científico es el gran ausente en todo nuestro sistema educativo; el método científico está estigmatizado, desterrado, especialmente en las ramas de las Ciencias Sociales, en las que se utiliza el estructuralismo, el funcionalismo, el positivismo, pero para nada la dialéctica. 

En las carreras de pedagogía se prescinde por completo de tomar en cuenta el sistema en el cual se desenvuelven las actividades educativas, no se toma en cuenta cómo el neoliberalismo condiciona por completo el funcionamiento de las instituciones. Se niega el hecho incontrastable de que, en el mundo capitalista, el sistema educativo tiene como fin primordial producir la mano de obra calificada que necesitan las empresas capitalistas. 

No se puede salir de ese círculo en el cual el maestro está obligado a hacer lo que las leyes y reglamentos le imponen. En la escuela, colegio y universidad del mundo capitalista no hay tiempo ni espacio para que docentes y dicentes trabajen juntos por encontrar respuestas éticas a los problemas sociales, para terminar formando hombres íntegros. No se ve que la autenticidad y el amor a la verdad se adquieren fuera de las aulas, luchando contra el sistema.