Por: Lcdo. Augusto Costa Zabaleta
El Eterno abrió su corazón, sacudió su mano y tomó el universo como arpa, marcó el tiempo tronando los dedos y naciste tú; naciste tú del todo, no de la nada; el primer sonido complació sus oídos y, sorprendido sonrió; en un baile creó la ópera del cosmos, le dio planetas y espacios, estrellas y hoyos; fue tal su alegría que hizo la tierra y sus seres; pensó en el croar del sapo, en el silbido de las aves, en el crujir de las montañas y en el susurro del búho.
Musa del gigante, voz del cosmos, espada del hijo que apacigua el espíritu y lo ensancha más allá del Kronos, penetra las venas y separas las tinieblas, tus notas son truenos que destruyen los espinos del olvido, el do y el sí, que llenan el vacío, el mí y el sol, que te dan sentido, el re y el fa, que le dan duro y tupido, lento y sin pausa; le dan cadencia y humedecen los sentidos.
Salvaje sonido, fiero rugido; todo se crea y se destruye con matices y sabores orquestados por el alma; bendito viento que te desgarras entre los instrumentos y repartes tu armonía a los caídos y los perdidos; no te detengas, suena más y más fuerte, suena más y más lejos, ya sea en un piano o en un oboe, en los acordes de Mozart o en la voz de Callas, en el dolor de Barber o en el enojo de Wagner.
Gracias, gracias por el contrapunto y el vals, por el rock y el metal, por la voz desnuda de una vocal.
Bendita seas porque mi corazón existe para buscarte, mis oídos para admirarte, el alma, para extrañarte y la mente para crearte, bendita eres, más bendita que la tierra y que sus mares; tú me has arrancado aullidos y delirios, sonrisas y muecas, dudas y presencias, locuras y calma, placeres y amaneceres, sin tu saberlo te lo he entregado todo; te podría cantar hoy y siempre, te llevaré a la batalla y a mi boda; en mi funeral echaremos raíces en lo eterno.
Romperemos la quietud, y aun no todo lo que se rompa hace ruido, yo pienso en los adagios, en las rapsodias, en él staccato y los silencios; aunque el cantante desafine y el saxofón pierda la nota, ahí va la música.
Todo tiene música; ¿Cuánta melodía hay en un abrazo y en un adiós, en un “te amo” y en un “te odio”, en un gemido y en un orgasmo?; somos música, la mayor sinfonía jamás compuesta; sin ella la luna solo sería una esfera blanca, el amor una palabra hueca, el dolor una herramienta de tortura, las caricias roces sin sentido, la espera sería un fastidio, las mariposas en el estómago serían vomitadas y solo quedarían mis entrañas, los bares estarían vacíos, no habría aplausos para el tenor, y la risa solo sería una mueca.
¡Qué horror!, qué horror pensar tu ausencia; sin la música del alma no valdría la pena vivir juntos.
Lcdo. Augusto Costa Zabaleta
Ced. #: 1100310455
