P. Milko René Torres Ordóñez
En el Salmo 73 leemos estas palabras que constituyen la columna vertebral del mensaje de Dios: “Señor, defiende tu causa y no olvides las voces de los que te buscan”. El salmista es un hombre de fe y de paz. Transmite el buen olor de Dios: “Escucharé las palabras del Señor, palabras de paz para su pueblo Santo”.
Las necesitamos para aspirar y respirar aire de armonía interior y social. A partir de esta bitácora solemne nos remitimos a un encuentro con un fragmento de la Biblia que encontramos en la experiencia que vive el profeta Elías. El Señor pasa a su lado como el canto de una brisa suave. Al oírlo, Elías se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva. Una escena que la cuentan quienes tienen limpio el corazón y la mente. De modo secuencial san Pablo en su carta a los Romanos habla con toda la verdad en Cristo. Necesita calmar el dolor profundo que le hace sufrir. Su mayor fuente de consuelo lo vive en Dios, bendito, por su Hijo Amado. Un lamento de consolación interior en medio de una cruda realidad eclesial, tan personal, tan llena de fe. Un día, recordará el Apóstol, fue derribado de su soberbia por el Siervo Sufriente, de quien profetizó el profeta Isaías. Un nuevo canto que se convirtió en un reto frente a su rebeldía interior: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”. A partir de ese momento vivió su paz en el corazón de Jesús. ¿Cuántas formas de relación podemos establecer con miles de hombres y mujeres que encontraron su camino de luz? Todo por Cristo. Simeón profetizó frente a una humilde familia, la de José y María, que el pequeño niño sería una bandera discutida, un signo de contradicción, por quien, muchos, caerán y se levantarán. El Príncipe de la Paz, según Isaías, es cumplimiento, gracia, plenitud. En el Evangelio según san Mateo Jesús abandona su barca, busca un monte solitario para hablar con su Padre. Nos enseña a orar. En una noche de paz, se quedaron solos, allí. El autor sagrado ha escrito este pasaje con un silencio magno, con una imponente inspiración del Espíritu Santo. Lejos de todo. Muy cerca de los suyos, porque ama hasta el extremo. Si en el monte Tabor Jesús se transfiguró, sobre las olas de un lago nervioso camina. Un contraste que, una vez más, dinamiza los signos de los tiempos. De cara a la respuesta muy humana de sus discípulos que se agitan porque no ven aquello que tienen que ver, con un incipiente nivel de fe, el Maestro revela su poder y su autoridad: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. El ímpetu de Pedro, una especie de mixtura de virilidad y de protagonismo ambiguo, se diluye ante la realidad de lo que es auténtico. “Ven…camina hacia mí”. Jesús, cuando mira la fragilidad de su discípulo, le tiende la mano, lo sostiene, lo fortalece con palabras de paz: “Hombre de poca fe, ¿Por qué dudaste?”. A modo de conclusión reflexionamos, quienes estaban en la barca se postraron y dijeron: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios”. ¿Y nosotros hoy?
