El baúl de los recuerdos: Mis amigos caminantes

Efraín Borrero E.

Walter Burneo Toledo y su maravillosa esposa, Leonor Álvarez Álvarez, tuvieron la generosidad de invitarme a un almuerzo en el restaurante “Las Truchas de Curishiro”. Me anunciaron que está situado en el sector de Masanamaca, una comunidad de la parroquia Yangana.

Curishiro es el nombre del cerro que se encuentra en ese sector. Según unos moradores, en la parte alta, existe un pucará que estuvo destinado a actos religiosos de los incas, especialmente de adoración a Viracocha. Dicen que en lengua vernácula quiere decir “cerro de oro”.

Con sentimiento de gratitud me preparé para disfrutar momentos placenteros, tanto por la calidez de los invitantes como por la descripción del lugar; y, además, porque Walter, un hombre conocedor de esa zona hasta más allá de la frontera, tiene conversaciones relacionadas muy agradables.  

En el día programado nos dirigimos por la ruta hacia Yangana, la misma que pasando por Valladolid, Palanda y Zumba, hasta el Puente Internacional La Balza sobre el Río Canchis, constituye el IV Eje Vial binacional, que fue planificado tras la firma del Acuerdo de Paz entre Ecuador y Perú, cuya construcción ha sido como el cuento del gallo pelón, ya que hasta el momento y a pesar del tiempo transcurrido no concluye.

Llegamos al sector de Masanamaca al que, en 1973, Jaime Galarza Zavala se refirió para resaltar “un hecho sorprendente” ya que “existe allí una finca cuyos arrimados hablan bien del propietario Rogelio Toledo, señalando que es un hombre bondadoso y honesto”, tratando de establecer una comparación con ciertos hacendados de la provincia que maltrataban a sus arrimados, incluso sometiéndolos cruelmente al cepo como método para castigar a los campesinos descontentos y rebeldes.  

Antes de tomar el camino que conduce al restaurante, Walter prosiguió pocos kilómetros por la carretera principal para mostrarme un conjunto de formaciones geológicas conocidas como la “Catedral Zuro”, que son fragmentos de montañas erosionadas de gran tamaño y con formas esculturales. Los Yanganaches, nombre dado a los aborígenes de Yangana, convirtieron ese lugar en centro de ceremonias, explica Eduardo Carrión. El espectáculo que ofrecen esas esculturas naturales al filo de la carretera es fascinante.

De vuelta al sitio de nuestro destino: “Las Truchas de Curishiro”, tuve una grata impresión de ese acogedor restaurante con vista espectacular. Su construcción se levanta a pocos metros del rio Masanamaca que abastece de agua a las piscinas destinadas a la producción de truchas, cuya oferta culinaria es muy variada y con exquisita sazón. Allí me encontré con mi apreciado amigo, el destacado escritor y cantautor Benjamín Pinza Suárez.   

Walter comentó que esa fue la hacienda de Joaquín Vivanco, y que por el mismo sector está la propiedad que fuera de Vicente Jaramillo Palacio, quien voluntariamente entregó las tierras a sus arrimados cuando se produjo el proceso de reforma agraria en el Ecuador.

Luego del almuerzo departimos una amena conversación en la que Walter comentó los atractivos que hay más allá de la línea de frontera y el viaje realizado con un grupo de amigos lojanos al Pongo de Manseriche sobre el río Marañón, al noreste del Perú, como siguiendo los pasos de  don Juan de Salinas quien, el veinte y cuatro de  agosto de 1558, llevó a cabo la travesía de esa garganta o cañón angosto y profundo para descubrir los ríos Pastaza, Huallaga y Ucayali, como nos ilustra el Archivo Histórico Municipal en su Columna de la Historia Lojana.

En esas circunstancias vimos que venía hacia el restaurante un grupo de personas con apariencia de gringos, con sus botas largas forradas de polvo y gorras tipo safari con faldón, que es la pinta de los senderistas. Cuando se acercaron identificamos entre ellos a Mauricio Montesinos Jaramillo y a Nelson Rodríguez Maya, que no son gringos, pero sí mis grandes amigos.

Habían realizado una caminata para conocer la cascada el Palmo, en un riachuelo tributario del Río Masa, a unos ocho kilómetros de distancia, bajo la guía de Robert y Daisy Kunstaetter, a quienes Mauricio conoció hace aproximadamente doce años cuando fueron a su consultorio en procura de servicios profesionales.

Allí supo que Daisy, una quiteña, y Robert, un canadiense nacionalizado ecuatoriano, son médicos, pero su vida la han consagrado a caminar por amor a la naturaleza y su pasión por los paisajes. Le comentaron que realizan excursiones en Ecuador, Perú, Bolivia y otros países donde se desempeñan como guías de caminatas o senderismo, además de trabajar para una editorial europea donde las publican.

A partir de entonces cultivaron una amistad entrañable. Las conversaciones de Robert incidieron en el ánimo de Mauricio para inclinarse por las caminatas y explorar los encantos que la naturaleza brinda. Cada hazaña relatada por Robert constituía un estímulo para seguir sus pasos.

Así, con la fuerza de su decisión y consciente que se trata de un reto en el cual deben vencer las inclemencias del tiempo, Mauricio propuso a su pana Nelson ser parte de esas aventuras, quien más rápido que volando aceptó entusiastamente.  

A Mauricio y Nelson les encanta este tipo de actividades deportivas, y en ellos también está el amor por la naturaleza. Han realizado varias caminatas, siempre bajo la guía de Robert y Daisy, como la de Vilcabamba a Tumianuma, cruzando el filo hacia el sur del cerro Mandango; la de Sacapo a Landangui; al cerro Yunanga por diferentes lugares de ascenso; la de Vilcabamba a Masanamaca, cruzando el cerro Sananangui en el filo de Sharami; en la reserva el  Bosque por la vertiente del Río Uchima; la del filo de la Campana a la Laguna de la Congoya; la de Moyococha a El Limo y Linderos; la de Masanamaca a las cascadas el Infiernillo y el Palmo; y, en los cerros Guarango y Mandango. Es decir, una muy respetable dosis de kilómetros y diversas aventuras en las que el vigor corporal y espiritual se han puesto de manifiesto a plenitud.

A esa vocación deportiva y amor por la naturaleza se suma el deseo de conocer los maravillosos rincones ocultos que ofrece nuestra provincia de Loja. Nelson lleva el legado de su ilustre padre, Vicente Rodríguez Witt, quien prefirió recorrer los pueblos de la provincia y disfrutar de las deliciosas aguas de sus ríos, que emprender viajes al exterior.

Cuántos sitios ignotos existen en nuestro territorio provincial que son encantadores y de los que nada sabemos o poco interés hemos tenido por visitar. Algunas personas lo han hecho a determinados lugares turísticos que han sido promocionados, pero no en largas caminatas; por ejemplo, al fascinante espectáculo que anualmente brinda el florecimiento de los guayacanes en Mangahurco, y al Bosque Petrificado de Puyango, un yacimiento fosilífero situado a treinta y siete kilómetros de Alamor, cuyo principal atractivo son los árboles petrificados con una edad entre sesenta y cien millones de años.   

Pedro Valdivieso Cueva me comentó que había viajado al Bosque Ceibal, localizado en la frontera con el Perú, a aproximadamente treinta minutos de la cabecera parroquial de Tacamoros del cantón Sozoranga, en el barrio Ceibal, nombre que hace alusión a la gran cantidad de ceibos existentes en la zona. Dice que el lugar brinda un ambiente paisajístico único y es de una belleza impresionante.

Samuel Carrión viajó a la parroquia rural de Jimbura en el cantón Espíndola, para conocer las imponentes Lagunas de Jimbura, a más de tres mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, y su emoción fue tal que escribió un hermoso relato publicado en una importante revista peruana.  

Sandrita, mi hermana, vino maravillada del viaje que emprendió hacia las piscinas de Pailas Rotas, en la parroquia Changaimina del cantón Gonzanamá, caracterizadas por las formas de ollas y pailas que las aguas del río Yunguilla, deslizadas por un acantilado rocoso, las han ido moldeando a través el tiempo.   

Muy pocas personas han visitado el Parque Nacional Podocarpus, teniéndolo a la mano, uno de cuyos accesos está en el sector de Cajanuma, sitio por el que pasamos frecuentemente sin reparar que se trata de un tesoro patrimonial por la riqueza de su flora y fauna, y por el sistema lacustre “Lagunas del Compadre” ubicado en la parte central.

En fin, son tantos y tantos los atractivos que la naturaleza ha puesto generosamente a nuestra disposición que bien merecen ser visitados. En este sentido, no escapa la ineludiblemente responsabilidad del Ministerio de Turismo, de la Cámara de Turismo y de los gobiernos seccionales, para procurar inventariarlos en forma pormenorizada, escudriñando cada rincón del territorio provincial lojano, a fin de que propios y extraños nos informemos a cabalidad.  

El plausible ejemplo de Mauricio Montesinos Jaramillo y Nelson Rodríguez Maya debe ser una magnífica motivación para que estudiantes de nuestra ciudad realicen iguales prácticas deportivas, aprovechando el apoyo experimentado que brindan Robert y Daisy, quienes guardan una especial gratitud con Loja por la forma amable y hospitalaria como han sido acogidos. Estoy convencido que, al final de la jornada, esos estudiantes se sentirán victoriosos y llenos de valores.