El territorio proactivo que la lectura construye

Galo Guerrero-Jiménez

Cuando los ojos se posan fijamente en algo que nos llama la atención, el cerebro se atiene a su estructura interna para organizar las imágenes que recogen los ojos y que se alojan en la mente para crear pensamiento y producir las ideas que luego en forma de lenguaje se consolidan metalingüísticamente para obtener una visión del mundo gracias a la mirada que a través de los ojos se compenetra en la más genuina subjetividad con la cual le es posible comunicarse con su yo interno y con la otredad a la cual socialmente estamos vinculados.

En este caso, los ojos como esa gran ventana para otear el mundo, tal como sucede cuando se posan sobre las letras de un texto escrito, no para ver el garabato de la letra, sino porque se trata se un instante personal en el que el existir humano se hace presente en esa página para adentrarse en ese mundo de letras con todo su componente humano, con su cultura de ente pensante, que quiere sentir la presencia de ese lenguaje que reposa en el texto y que, en el más completo de los silencios, le habla al oído, al corazón, a la razón, y a toda su realidad personal, única, exclusiva, muy propia para entrar en contacto con esa otredad que es el texto escrito.

En cada lector, por lo tanto, hay una manera especial de ver las cosas en cada línea, en cada frase, en cada palabra; pues, el lector siente la necesidad de comunicarse con un alguien en especial, que le diga algo a través de la mirada que sobre las palabras escritas es capaz de depositar para saber cómo entabla ese diálogo ameno o quizá de riesgo con el texto.

El lector que por su cuenta busca un texto para leer, sabe que se trata de un acto más, pero muy significativo, y está consciente que “constituye apenas uno de los medios a través de los cuales nos abstraemos y nos concentramos, reflexionamos sobre lo que nos pasa, adquirimos conocimientos y nos procuramos sosiego y distancia” (Berardinelli, 2016), para desde esa realidad de palabras que son conjugadas adecuadamente por el escritor desde la ficción o desde el ámbito de la ciencia, el lector las pueda enfrentar desde esa mirada acogedora, pero también desde el gozo o desde la preocupación más sentida, puesto que sabe que asume un compromiso, una especie de territorio intermedio, como señala Emilio Lledó (2022), que se construye por el asombro y la pasión por el conocimiento, el cual acaba consolidándose en palabras cuyo nacimiento a una nueva forma de lenguaje desde ese despertar por el saber que al lector le nace para comunicarse y solidarizarse con el cosmos desde un principio de humanización que le es muy exclusivo, muy suyo.

Todas estas reflexiones que del texto el lector extrae, genuinas, muy especiales, se convierten en actos simbólicos, llenos de amor, de entrega, de pasión, hasta  llegar a conformar un estética de la existencia, dado que llega a confiar profundamente en la plenitud de la palabra escrita, a la cual la recibe y la procesa mentalmente con el gozo más sentido y desde el ámbito de una actitud visionaria para conectarse con la fuente inagotable de sabiduría que el Universo en sí contiene y que ese buen lector, sabe cómo apropiarse, cómo descubrir las entrañas más prolíficas que el cosmos contiene y que el escritor desde la ficción o desde la ciencia las plasma en la escritura de un texto, gracias a Dios, para deleite del lector que asume “un modo de ser y actuar implícito en el ser y en el actuar mismo, que surgen en la inmediatez de la llegada a la presencia de mundos en apariciones cuya unidad (…) [se convierte] en un sentido que ya es ético, un protoconocimiento que es una disposición de la vida hacia una vida mejor” (2018), saludablemente asumida, ya no solo desde la reflexión, sino desde un actitud poético-crítico-proactiva.