Benjamín Pinza Suárez
Estamos viviendo tiempos de profundo deterioro ético y moral que está causando un daño irreparable a nuestra sociedad. La política está contaminada con el peor virus de una pandemia para aniquilar el tejido social y para dejar de ser la ciencia y arte de gobernar. Esta degradación de la ética política ha prostituido a los políticos dejando de ser los adalides de las grandes reivindicaciones humanas y de la grandeza de la patria, para convertirse en actores del desastre, en cínicos de oficio, en destructores de la honra ajena, en enfermos codiciosos de dinero y de poder, con lo cual hieren de muerte a nuestra débil democracia, atentando contra los derechos ciudadanos, generando los peores escenarios para una inefable cacería de brujas y alterando la paz social.
Hoy en día, la política no es otra cosa que el arte de mentir, engañar, traicionar, enriquecerse y sentirse complacidos del dolor y de la angustia popular. No se quiere comprender que el primer deber de todo ciudadano y más aún de un político, es honrar a su patria como a su misma vida. Los deslices de la lengua, las acciones destructivas en contra de los demás y el insaciable apetito de poder y de codicia, se pagan, tarde o temprano con sangre. ¿Cómo entonces pedirles a los politiqueros que sean honestos? La mayoría de los políticos no están en la política por patriotas, están ahí por el apetito voraz de enriquecerse y por eso pierden el sentido de las proporciones.
El filósofo Voltaire sostenía que “Los que creen que el dinero lo puede todo, suelen hacer cualquier cosa por dinero” hasta el absurdo de destruir una sociedad. De ello resulta que, no hay que educar al pueblo si no que hay que educar a los políticos. La clase política ha pisado fondo. Los políticos deben entender que hay un valor superior que se llama honestidad. Cuando un político es honesto, actúa con las manos y la frente limpia. Cuando se está entre personas honestas cualquier proyecto humano se puede realizar y la confianza colectiva se transforma en una fuerza invencible. El político honesto expresa sin temor lo que siente y lo que piensa, cumple lo que ofrece, no engaña ni traiciona ni se sirve de los demás.
Aquellos políticos que aprendieron el antivalor de la deshonestidad, tienen el arte de la manipulación, la habilidad para violar las leyes y la constitución, para controlar y comprar jueces y para aplicar la aplicar la impunidad para proteger sus fechorías. El poder solo tiene sentido cuando se convierte en virtud y se pone al servicio de los demás. Lamentablemente no hay consciencia social ni sentido de país, ni formas gratificantes de convivencia humana que nos permitan dignificar la vida, de entendernos como hermanos, como ciudadanos de bien y con ambientes propicios para celebrar con el mejor de los augurios estas festividades navideñas.
