Lo invito a pensar por un momento en el concepto de madurez, y no me refiero a la edad: ¿Qué significa ser maduro? ¿Qué se siente? ¿Qué se piensa? ¿Cómo se actúa? ¿Cuándo sabemos que hemos alcanzado la madurez?
Sin estar asociada a una edad en particular, la madurez emocional de una persona le brinda un pensamiento y una conducta, tanto sobre ella misma como sobre entorno, que indiscutiblemente la alejan de cualquier tipo de actitud que se pueda definir como infantil, por lo que asume sus responsabilidades, acepta las consecuencias de sus actos, es tolerante, piensa, decide y actúa por sí misma, de manera coherente y convincente, evitando las contradicciones.
En los años 80, el sicólogo estadounidense Dan Kiley observó que algunos de sus pacientes se negaban a aceptar las responsabilidades implícitas a su edad adulta, por lo que agrupó los comportamientos comunes en ellos bajo lo que denominó síndrome de Peter Pan. Según Kiley, este síndrome se puede definir como el conjunto de características que sufre una persona que no quiere aceptar las obligaciones propias de la edad adulta, no pudiendo desarrollar los roles (adulto, padre, pareja…) que se esperan según su ciclo vital o desarrollo personal. ¿Le suena conocido? Y es que en nuestra sociedad abundan los “adolescentes” de más de 30 años que evaden sus responsabilidades financieras, laborales o familiares, que buscar constantemente la gratificación instantánea, evitando compromisos a largo plazo y mostrando una aversión hacia la planificación.
“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1Corintios 13) decía el apóstol Pablo y cuánta razón tenía, ya que no podemos ser como niños toda nuestra vida.
¿Y cómo es un hombre de verdad? Pues, el máximo modelo de masculinidad es Jesús, Él nos enseñó como tratar a los pobres, a las mujeres, a los niños, a nuestros padres, como ser hombres con valores, hombres que cumplen lo que prometen, que dicen la verdad, hombres en los que puedes confiar. Jesucristo es el prototipo mediante el cual el Señor quiere hacernos a todos nosotros: “Pues Dios conoció a los suyos de antemano y los eligió para que llegaran a ser como su Hijo, a fin de que su Hijo fuera el hijo mayor entre muchos hermanos” (Romanos 8). “Cristo es la imagen visible del Dios invisible. Él ya existía antes de que las cosas fueran creadas y es supremo sobre toda la creación” (Colosenses 1) Jesucristo es el modelo, nos toca a nosotros seguirlo.
