No apaguemos la hoguera y que perdure
la llama del amor que intensamente
ardiendo está y dejemos que la gente,
y el mundo despiadado hable, murmure.
Que te amo por tu boca que me aloja
por tus manos, tu tez, tus labios ledos,
por tu pelo que fresco entre mis dedos,
como flor mañanera se deshoja.
Dios te puso no hay duda en mi camino
para que mi sostén seguro fueras,
en las sombras temibles del abismo.
¿Cómo no amarte entonces si mi sino
está en la eternidad de tus ojeras,
y amándote en verdad, amo a Dios mismo?
Acf.
