Efraín Borrero E.
Hace pocos días falleció James William Brown Sweeney, a quien desde siempre llamaban Jimmy; así lo conocía la gente y así lo voy a mencionar con respeto. Tenía una buena carga de años puesto que nació el 16 de febrero de 1929, en Gulfport, Misisipi, EEUU. Padre de mi dilecto amigo Steve Brown Hidalgo, profesional conocido y apreciado en nuestro medio.
Jimmy explicaba con singular estilo la época en que nació para que la gente se ubique en el tiempo. Decía que fue pocos meses antes de la caída del mercado de valores que llevaría a Estados Unidos a su famosa Gran Depresión; dos días después de la conocida masacre de San Valentín, cuando el mafioso Al Capone habría ordenado el brutal asesinato de sus rivales en una espeluznante matanza a quemarropa. También fue el primer año en que se llevaron a cabo los Óscar, y cuando Herbert Hoover estaba a punto de ser nombrado presidente de los Estados Unidos. Las personas con mediana cultura lo entendían perfectamente.
El “Gringo” Jimmy, como le decían en territorio ecuatoriano años después, fue un permanente viajero. Vivió en varias localidades de los Estados Unidos ya que su padre, un orgulloso graduado de la prestigiosa Academia Militar West Point, era profesor de estrategia militar y la familia se mudaba donde quiera que lo mandaran a enseñar.
A su madre, quien tenía título universitario y era deportista, le gustaba mucho la naturaleza; tenía preferencia por la jardinería y la horticultura, lo que influiría más tarde en su destino. En palabras de Jimmy, ella tenía un alma aventurera que le transmitía sus ganas de salir al mundo.
No cabe duda que su madre jugó un papel decisivo en su futuro. Cierto día llegó a casa portando una revista americana en la que constaba un anuncio invitando a colonizar una región de un país del que nadie conocía ni había oído hablar: era Santo Domingo de los Colorados en Ecuador, que el 06 de noviembre del 2007 pasó a llamarse Santo Domingo de los Tsáchilas, en virtud de la Ley de creación de la provincia.
Se ofrecía terrenos al precio irrisorio de cinco dólares la hectárea, aclarando que por aquel tiempo la moneda oficial en el Ecuador era el sucre. El contacto en Quito fue un hombre llamado Dr. Jack Sheppard, quien actuaba como promotor. La idea, según se podía colegir del anuncio, era crear una colonia que hiciera productiva a la tierra de manera colectiva, de modo que cada persona involucrada pudiera recibir un título de propiedad, aunque terminó sucediendo que cuando la gente llegó al sitio cada uno hizo las cosas por su cuenta.
Jimmy y su madre entendieron claramente que la tal colonización era el hecho de asentarse en determinado terreno con fines productivos y fijar ahí la morada, y no la acción de dominación territorial como generalmente se conoce.
Haciendo uso del correo internacional, que casi era nulo y demoraba meses, la madre hizo las consultas a Sheppard en forma epistolar, quien absolvió cada una de las inquietudes con paciencia y detalle. Además, brindaba literatura bastante informativa y atractiva sobre el Ecuador.
Miró a su hijo Jimmy quien frisaba los 19 años y le dijo: aquí está tu futuro, sé de lo que eres capaz. No obstante que a su padre no le gustaba la idea armaron viaje a Ecuador utilizando los servicios de la línea aérea Panagra, denominada “La aerolínea más amigable del mundo”, a fin de obtener información de primera mano y conocer en el sitio la realidad de las cosas.
A Jimmy le apasionaba el misterio, poder ver y hacer cosas que nunca imaginó y en lugares que ni siquiera sabía que existían. Cuando se embarcó en el avión realmente se emocionó. En el aeropuerto de Quito los esperaba el Dr. Sheppard, de quien sólo tenían referencia, tanto por la correspondencia cuanto, porque escribía en una revista llamada “Cuentos y Senderos Tropicales”, cuyo propósito era describir al Ecuador.
Se alojaron en un pequeño albergue cerca del Teatro Capitol, en donde también estaban hospedados otras personas interesadas a las que había contactado Sheppard. Ahí conoció a otros gringos, en especial a quien se convertiría en el primer compañero de finca y la persona con quien se embarcaría en su intento de ganarse la vida por cuenta propia. Entre esos gringos estuvieron quienes posteriormente introdujeron a Santo Domingo el abacá y la palma africana.
Al final resultó que Sheppard no les vendió la tierra directamente, sino que fue la entidad competente del gobierno nacional la que hizo las adjudicaciones. Probablemente Sheppard estaba muy vinculado con la Oficina de Tierras de Quito y, seguramente, por su intermediación recibía alguna comisión.
Cuando después de unos días llegaron a Santo Domingo, que por aquel tiempo tenía unos mil habitantes, habían organizado una cena de recibimiento a la que acudieron pocas personas invitadas de la localidad, entre ellas el infaltable comisario que comía como león y se limpiaba la boca con el mantel que no había sido cambiado en meses.
El siguiente paso fue ver el cuarto para vivir provisionalmente y conocer los sitios asignados a cada cual. Los moscos hicieron su agosto lo que provocó que algunos desistieran de la idea. Jimmy y otros “gringos” se mantuvieron a lo macho.
De allí para adelante es de imaginar todo lo que Jimmy tuvo que padecer para doblegar la selva y convertirla en tierra productiva. No cabe duda que fue una tarea titánica cargada de valentía, coraje, pundonor y trabajo sacrificado.
Jimmy dejó las oportunidades de la recuperación de los Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial y optó por venir a un territorio “ubicado al otro lado de un túnel del tiempo”, para hacer de la selva de Santo Domingo su heredad y querencia.
Allí hizo su vida haciendo lo que le gustaba. Se encariñó tanto con la naturaleza que luego de algunos años, con su energía inquebrantable y la pasión por sus logros, se embarcó en la misión de establecer un refugio para la fauna silvestre, que luego se convertiría en la Fundación Centro de Rescate de Fauna Silvestre que lleva su nombre original: James Brown.
Sin embargo, no se conformaba con los logros alcanzados en su reducto de Santo Domingo, y su deseo de dejar una huella aún más significativa lo llevó a concebir su más ambiciosa iniciativa: la creación de la empresa James Brown Pharma C.A. una industria dedicada a la fabricación y comercialización de productos farmacéuticos y biológicos para la línea de Salud Animal, y productos farmacéuticos para la línea de Salud Humana, constituyéndose en referente nacional.
A los pocos años de haberse establecido en Santo Domingo, Jimmy conoció a la distinguida dama lojana María Olivia Hidalgo Gutiérrez, hija de Alberto Hidalgo Jarrín, el hombre que con férrea voluntad retó al futuro e hizo realidad el proyecto industrial más importante de la provincia de Loja, a partir de marzo de 1962 en que MALCA inició la producción azucarera.
El primer encuentro de la pareja fue casual, en un cóctel organizado por la Asociación Ecuatoriano-Americana en Quito. En 1950, pocos meses después de conocerse, contrajeron matrimonio en una sencillas ceremonia, luego de la cual se trasladaron a Playas de Villamil para disfrutar su luna de miel.
Alberto Hidalgo propuso a Jimmy Brown vender sus propiedades para convertirse en socio de la Compañía Industrial Azucarera Lojana, pero él estaba profundamente arraigado a su heredad en Santo Domingo y sus proyectos eran otros.
También lo había hecho antes con potenciales inversores lojanos, incluso publicó en Diario La Opinión del Sur un anuncio titulado “Desde hoy pueden suscribirse acciones para la Compañía Industrial Azucarera Lojana”, pero lamentablemente no tuvo acogida por la incredulidad de la gente, hasta que los resultados exitosos de 1962 dejaron a esos incrédulos con la boca abierta.
Jimmy Brown y María Olivia Hidalgo Gutiérrez procrearon siete hijos: Alen, Felipe, James, lamentablemente fallecido el 9 de febrero del 2021; Susana, Steve, Carmen Inés y David Martín; todos ellos, excepto Susana, graduados en universidades de los Estados Unidos y con magníficas posiciones ejecutivas y empresariales.
Con este breve relato deseo rendir homenaje póstumo a un hombre extraordinario cuya trayectoria de trabajo es admirable. Conozco en detalle su vida porque él la escribió en su libro “Jimmy Brown se encuentra con la selva”, que generosamente me obsequió mi apreciable amigo, Steve Brown Hidalgo, que fue destacado gerente de MALCA por 19 años, a quien expreso mi sentimiento de pesar.
