P. Milko René Torres Ordóñez
La Cuaresma, según el calendario litúrgico de la Iglesia Católica, es un tiempo nuevo y necesario. Las circunstancias geopolíticas que nos rodean exigen un giro completo en nuestra manera de vivir. Este cuestionamiento tiene un principio y un fundamento: un profundo examen de conciencia. Hablo de una revalorización del concepto de la palabra conversión, puesto que la hemos subestimado.
Es necesario, desde la óptica de la fe, volver al fervor del primer amor. En una lectura reposada del Evangelio según San Marcos encontramos elementos claves que nos ayudan a mirar de cerca el escenario de las acciones que determinan lo que vivimos ahora. Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo, va a un desierto. En él permaneció cuarenta días y cuarenta noches. La palabra de Dios habla, en este sentido, de un tiempo especial. Un periodo incontable de días y noches. Podemos preguntarnos: ¿Cuál es la razón que le motivó a Jesús a buscar este lugar inhóspito? ¿En qué aspecto afectó a Jesús el ambiente de soledad y de encuentro de cara a su misión evangelizadora? San Marcos es muy escueto en el análisis del contacto con un personaje que siempre va a asediar a Jesús en su ministerio apostólico: “Fue tentado por Satanás”. El ambiente agreste del relato se explicita cuando señala que “vivió allí entre animales salvajes”. En su preparación para hacer el bien a la humanidad aparece la mano de “los ángeles que le servían”. El nexo íntimo con su Padre fortalece su espíritu cuando experimenta la tentación. El relato del autor sagrado magnifica en pocas palabras la espiritualidad de Jesús. El desierto, en la historia de muchos pueblos, ha guardado como un tesoro acciones y gestas épicas. Derrotas, victorias, vida. Israel, la nación elegida por un Dios sabio, escribió tantas luchas que sembraron su identidad para siempre. Relatos de amor y desamor, alianza e infidelidad, obediencia y desobediencia. Jesús las conoce. Inaugura, a partir de este momento, un tiempo de salvación. El desierto, escenario en el que acontecen dramas incontables, fortalece el proyecto de amor de Jesús. San Marcos no detalla, a diferencia de Lucas y Mateo, el desarrollo de las tentaciones que afronta Jesús. Su intención como escritor y creyente es trascendente, puesto que tiene una profunda convicción sobre su divinidad. Ha narrado en las primeras palabras de su obra: “Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios”. Jesús, en su ministerio público venció todas las tentaciones que el mundo le presentó: autosuficiencia, fama, gloria terrena, orgullo, poder temporal. En Getsemaní, huerto lleno de árboles inmortales que absorbieron en silencio su angustia, fue probada su fidelidad hasta asumir la humillación de beber el cáliz amargo. Juan el Bautista también creció y vivió en el desierto. Su paso al cumplimiento radical de su vocación profética lo llevó al martirio. Después de superar la prueba de las tentaciones, Jesús expresa en Galilea la razón que lo mueve a demostrar su presencia: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca”. Las palabras finales, que San Marcos perenniza, actualizan la esencia de su misión: “Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”. Para nosotros, el gran reto continúa en esta Cuaresma.
