No se puede obtener resultados diferentes si siempre hacemos las mismas acciones.
Por décadas hemos escogido en base a la demagogia y luego nos quejamos de las promesas no cumplidas. Nuestras ciudades crecen sin planificación seria y luego lamentamos los daños que el “cambio climático” produce, pues es más fácil endosar nuestros errores a terceros que reconocerlos y enmendarlos. Individualmente, renegamos de nuestro presente, cuando poco hemos hecho por cambiarlo, podemos tener la intención, pero reiteradamente tomamos las mismas malas decisiones en términos de estudios, trabajo, familia, defectos, etc. Si bien la intención es un inicio, esta no es suficiente, pues solo con la intención nos encontraremos tropezaremos una y otra vez con la misma piedra.
En su carta a los efesios el apóstol Pablo nos presenta el camino para alcanzar un cambio verdadero; él nos dice: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despójense del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renuévense en el espíritu de vuestra mente, y vístanse del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”.
Cuando habla de despojarse, se refiere a abandonar definitivamente, renunciar, dejar atrás nuestra antigua manera de vivir, esa manera egoísta, pecaminosa que lleva al adulterio, la corrupción, la ira, los celos, la envidia; para hacerlo, es necesario que transitemos en la dirección opuesta a la que hasta ahora hemos llevado, esto como fruto de un verdadero arrepentimiento. Despojarnos definitivamente del viejo hombre requiere tiempo. Es un proceso en el que a diario batallamos contra nuestras malas costumbres, pero vale la pena, pues el Señor está junto a nosotros.
Al despojarnos del viejo hombre nuestra mente y espíritu son renovados, podemos ver con claridad y entendemos el justo valor de nuestras acciones y sus consecuencias. Comprendemos que lo que hace la mayoría, no necesariamente es lo correcto, redefinimos nuestras prioridades y podemos ver con claridad.
Finalmente, al revestirnos del nuevo hombre, cambiamos definitivamente y podemos disfrutar de una vida en la que el Espíritu de Dios nos hace amar a los demás, estar siempre alegres y vivir en paz con todos. Nos hace ser pacientes y amables, y tratar bien a los demás, tener confianza en Dios, ser humildes, y saber controlar nuestros malos deseos.
Pensemos diferente, obremos diferente, despojémonos del viejo hombre.
