P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La solemne celebración de la Vigilia Pascual, la madre de todas, según San Agustín, constituye el esplendor de la Semana Santa. Con la expresión, “Jesús resucitó al tercer día”, reafirmamos el realismo de la muerte que lo llevó al sepulcro, pero no a la corrupción. La resurrección de nuestro Señor Jesucristo significa victoria y comienzo de una vida de gloria. La alianza de amor de Dios con los hombres es sacramento de vida eterna.
La muerte y el pecado no pueden anularla. Este maravilloso misterio de fe se cumple según las Escrituras. Un proyecto de amor sin límites. Comienzo de una nueva creación. Lo que Jesús dijo e hizo revela una verdad sin discusión. Su confianza en la voluntad del Padre lo llevó hasta la muerte más ignominiosa con un clímax trascendente. La obediencia, más allá del extremo, nos enseña que todo tiene una razón de ser. Un fin que justifica, en su plenitud, la redención y la salvación de la humanidad. Quienes creemos en Él no moriremos para siempre. Participamos de su vida gloriosa. La Iglesia, desde sus comienzos, canta el pregón del amor gratuito de Dios. Uno de los himnos más antiguos en la liturgia cristiana católica entona con solemnidad: “Exulten los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, y por la victoria del rey tan poderoso, que las trompetas anuncien la salvación. Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del Rey Eterno, se sienta libre de la tiniebla…”. El “pregón pascual” resalta la sublimidad de la vigilia que el mundo creyente celebra. Cristo ha resucitado. La alegría del nacimiento del Hijo de Dios se conjuga magistralmente con su victoria en la cruz, zenit de la resurrección. Gloria y alabanza. En el domingo, día del Señor, la Iglesia nos lleva a vivir un viaje espiritual en un lugar preferido por Jesús, Galilea, espacio y tiempo de bienaventuranza, misión y perdón. El encuentro con la claridad de un nuevo amanecer. Jesús resucitado abraza y habla a los primeros testigos de su gloria. A María Magdalena, la primera mujer, discípula y misionera, que venció los prejuicios de su pecado con el perfume de su amor. A ella, la Iglesia, le pregunta: “¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso. ¡Resucitó de veras, mi amor y mi esperanza!”. La Vigilia Pascual es la noche donde todas las luces se funden en una, la más majestuosa, la de Cristo que ha resucitado. Él es la luz del mundo, liberación y salvación. “Goce también la tierra, inundada de tanta claridad…alégrese, también, nuestra madre, la Iglesia, revestida de luz tan brillante…”. La noche, tan clara como el día, ilumina nuestras alegrías, ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la paz. En “el tercer día”, todas las gracias llegan de un Padre misericordioso y santo. La humanidad glorificada le entrega la ofrenda de una vida que se inmola en la Eucaristía con su Hijo resucitado, resplandeciente y sereno. En comunión con las manos que se unen para recibir las bendiciones en esta noche santa, levantamos nuestro ser a quien vive y reina por los siglos de los siglos.
