Campos Ortega Romero
La Semana Santa o Semana Mayor es el conjunto de celebraciones de carácter religioso que se realiza la última semana de Cuaresma, entre el Domingo de Ramos y el domingo de Resurrección o de Pascua. Las festividades rememoran los últimos momentos de la vida de Jesús, el domingo de Ramos es el día en que se conmemora la entrada de Jesús a Jerusalén, el Jueves Santo es la fecha de la Ultima Cena, el Viernes Santo nos inmortaliza la crucifixión, el Sábado es día de duelo, el Domingo de Pascua o de Gloria, se celebra la resurrección. Constituye una serie de festividades centradas en rituales litúrgicos, donde se realizan encuentros familiares con grandes comidas propias de la fecha, en nuestro país, la fanesca.
Sin duda alguna la Semana Mayor o Semana Santa, constituye una fecha de recogimiento espiritual, de reflexión personal para pensar en el crecimiento personal ya sea individual y de las personas que nos rodean, hijos, hermanos y familia en general, crecimiento que requiere la práctica de valores, actitudes y conocimientos para la formación de una cultura de calidad que permita contribuir activamente al desarrollo de la sociedad y al mejoramiento de calidad de vida de nuestra ciudad y provincia.
Entendemos que no podemos imponer sentidos ni valores, más bien sugerir caminos, en un ambiente de tolerancia y pluralidad que permita a cada cual encontrar su propio sentido de la existencia. Por eso se dice que no podemos enseñar valores, sino vivir con valores, por ello la importancia del testimonio personal, la defensa de los principios básicos como son la dignidad, la honradez, la consecuencia, el estudio, el trabajo, el humanismo por y sobre todas las cosas.
La conciencia de la dignidad de la persona humana es principio y fundamento para un desarrollo armónico y equilibrado de la personalidad. El ser humano es persona inteligente y libre, no es un objeto, por lo tanto, no debe permitir la degradación y opresión de su persona. Pero tampoco sentirse más que otras personas para pisotear sus derechos, manipularlas arbitrariamente, e injustamente.
El crecimiento del ser humano y de la sociedad obedece al espíritu de la dedicación de cada persona. Lo que implica el equilibrio entre el activismo y la pereza, el primero lleva a la irreflexión, a la superficialidad, al abandono de otros valores trascendentes de la propia vida (descuido de la familia), mientras que la pereza nos conduce a la irresponsabilidad en la tarea común, de construir una sociedad mejor.
El crecimiento personal implica también el control del consumismo o lo que es igual hablar de una filosofía y cosmovisión de la vida que nace del exceso de satisfacción de las necesidades básicas del hombre y de una visión hedonista de la propia vida. El vértigo del placer parece ser la única aspiración básica del hombre moderno y progresista, mientras que la templanza y la moderación significan retraso y estupidez. Para nosotros se debe ser feliz con lo que cada persona tiene.
Esta sociedad moderna, individualista, de a poco nos va convirtiendo en seres deshumanizados, por ello debe ser que con frecuencia nos encontramos con personas que ven a sus semejantes como rivales contra los que hay que defenderse constantemente. El “competitivismo”, obsesionado, la envidia y la indiferencia son actitudes que han minado gravemente la convivencia social. El cultivo de la sociabilidad supone el esfuerzo por construir una comunidad de encuentros interpersonales, donde la solidaridad, la comprensión, la aceptación recíproca sean valores reales y prácticos.
Para trasformar el rencor en amor del bueno, y -no de palabra-, y las pasiones negativas sean absolutamente desconocidas y los intereses mezquinos sean objetos de archivo. Si sembramos las acciones anotadas, significa empujar. Los molinos de viento, para que se constituyan en una lección para que las nuevas generaciones sigan en la labor inconmensurable del bienestar para todos. De no hacerlo así la fe y el recordar la Semana Santa o Semana Mayor del mundo cristiano, será un golpe de pecho que a nadie ha dolido. Esperamos estar equivocados.
Jesús Redentor resucita y muere, no una sola vez sino mil veces, y resucita cada vez que un rebelde se alza contra sus mismos enemigos. Cada vez que alguien se enfrenta a la hipocresía, a la injusticia, a la explotación, a la fuerza bruta, a la corrupción y complicidad de las acciones y hechos cotidianos, consideramos que estas acciones constituyen un llamado a la fe, para enarbolar las banderas de la reivindicación social.
Si nos hacemos una promesa interna del cultivo y práctica de los valores señalados, consideramos, nos permitirá un desarrollo de nuestras capacidades, para elegir en libertad y con responsabilidad nuestro futuro, para asumir el pasado, viviendo el presente, para construir el mañana solidario, fraterno y grande. Para constituirnos en seres que vivimos el conflicto entre la plenitud que buscamos y el límite que experimentamos. Así sea.
