P. Milko René Torres Ordóñez
El Evangelio según san Juan nos ubica en un pasaje que pretende esclarecer la espiritualidad del verdadero discípulo de Jesús. En el capítulo quince nuestro autor sagrado mezcla un material alegórico, la vid y los sarmientos, con un lenguaje directo. Describe a Jesús como el Verbo Encarnado, el Hijo de Dios. Utiliza la expresión: “Yo soy”. Jesús, resucitado, está entre nosotros y quiere llevarnos hacia Él. El verbo que predomina en este texto es “permanecer”.
El discípulo debe permanecer en Jesús, en cuanto es la Palabra. En su estilo, el árbol simboliza la vida. Las referencias que las encontramos en Jeremías, los Salmos, el Éxodo, Sabiduría, contextualizan magistralmente el presente de Jesús. Las ramas, unidas al árbol, representan un poder lleno de vitalidad en su pertenencia a la vid. Jesús, con esta enseñanza, muestra su identidad histórica. Jesús revela al Padre. El sustrato trinitario tiene una profunda raigambre salvífica. El nuevo pueblo de Dios es la Iglesia. Todo bautizado debe permanecer. Dar frutos, guardar los mandamientos. La unión con Jesús implica una determinación radical en el anuncio de la Buena Noticia. No podemos dejar de relacionar el discurso de Jesús con la fuente principal de la sacramentalidad de la Iglesia que es la Eucaristía. Este signo salvífico constituye el nexo inseparable con la verdad de la Nueva Alianza. San Juan quiere llevarnos a saborear la riqueza de la liturgia. Un culto auténtico significa pureza en las acciones que nos llevan por un camino de intimidad a la vivencia de la santidad. La alegoría de la vid exige unión con quien ha venido a redimirnos. La pedagogía joánica relee dos pasajes envolventes en su contenido: el lavatorio de los pies y la oración sacerdotal de Jesús. Él encamina su misión a su pasión, muerte y resurrección. Tenemos que actuar en consonancia con la gravedad de su obediencia. Jesús vino a servir. A entregar su vida por cada uno de nosotros. Lo asumimos como un llamado, sin renunciar, ni mirar hacia atrás. Jesús quiere que todos seamos “uno”. El misterio de la Eucaristía nos hace partícipes de tan alta gracia. Una donación eterna. El trasfondo de la alegoría de la vid exige una integración completa y absoluta en el sacrificio redentor de Jesucristo. En la comunión eucarística la comunidad se une en la fe. Actualiza el memorial de un amor sin límites. El mensaje pascual de este domingo contiene la esencia requerida para acoger la novedad de la gratuidad de Dios. El conocimiento interno de Jesús, amarlo, seguirlo, servirlo, es el principio y fundamento de una cercanía de quien vive en nosotros, para nosotros y con nosotros. El alcance del significado del verbo “permanecer” sigue su cauce por un trayecto en el que desborda su fin primordial. En el contexto de una simbiosis de alegoría y realismo cristocéntrico encontramos mucha riqueza. Nuestro nivel de fe no debe derivarse hacia una débil vivencia de pertenencia a la Iglesia. En el momento de ofrecer nuestra oración al Padre no olvidemos que su presencia nos levanta, nos anima y dignifica supremamente. Permanezcamos en este dinamismo activo, humano y espiritual, como un anhelo sincero de aspirar realmente a los bienes eternos.
