Nadie tiene amor más grande

Luis_pineda47@yahoo.com

El evangelio del 02 de mayo, fue conmovedor. “Ahora les doy mi mandamiento: Ámense unos a otros, como yo les amo a ustedes.” (Jn. 15:12). El amor llevado a la plenitud: amar como Jesús de Nazaret nos ama. Pero, nace una interrogante ¿cómo cumplir ese mandamiento en relación a las demás personas con quienes compartimos esta casa común llamada Tierra?

En la década del 60, el Concilio Vaticano II, nos proporciona algunos surcos: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de las personas de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos y discípulas de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por personas que, reunidas en Cristo, son guiadas por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia.” (G.S. 1)

Los documentos de Medellín, nos acercan a la realidad de Nuestra América: “La Iglesia Latinoamericana tiene un mensaje para todos los hombres que, en este continente, tienen «hambre y sed de justicia». El mismo Dios que crea al hombre a su imagen y semejanza, crea la «tierra y todo lo que en ella se contiene para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados puedan llegar a todos, en forma más justa», y le da poder para que solidariamente transforme y perfeccione el mundo. Es el mismo Dios quien, en la plenitud de los tiempos, envía a su Hijo para que hecho carne, venga a liberar a todos los hombres de todas las esclavitudes a que los tiene sujetos el pecado, la ignorancia, el hambre, la miseria y la opresión, en una palabra, la injusticia y el odio que tienen su origen en el egoísmo humano. Por eso, para nuestra verdadera liberación, todos los hombres necesitamos una profunda conversión a fin de que llegue a nosotros el «reino de justicia, de amor y de paz». No tendremos un continente nuevo sin nuevas y renovadas estructuras; sobre todo, no habrá continente nuevo sin hombres nuevos, que a la luz del Evangelio sepan ser verdaderamente libres y responsables.”

Para profundizar en el tema, Fidel Aizpurúa Donazar, nos propone otras reflexiones:

“Resulta fácil amar al Dios lejano; otra cosa es amar al prójimo – próximo, a la persona que me complica. ¿Cómo podemos cultivar ese amor más grande que es el amor al hermano? Damos estas pistas:

· Construye tu vida sobre el cimiento de la tolerancia: sin ese cimiento, el amor más grande es imposible. La intolerancia lleva a imposibilitar el amor. La tolerancia es la puerta que abre el corazón de la persona y de la sociedad.

· Sábete que has nacido con responsabilidades adquiridas: hemos nacido con bendición original y con responsabilidades ante los humanos que sufren. Hacer dejación de esa responsabilidad es negar el amor más grande. Tomar sobre sí la responsabilidad de los dolores ajenos es el lenguaje del amor más grande.

· Cuanto más cuidas, más amas: porque cuidar es la manera concreta de amar. Quien cuida, pone en clave diaria el lenguaje del amor más grande. Y todos le entienden. Decían los antiguos (san Ireneo) que “la gloria de Dios es que la persona viva”. Ese es el amor más grande, el que elige la vida, el que construye la vida, el que apunta siempre en la dirección del otro. No olvidemos esta sabiduría que viene de siglos y que sigue actual.”