LA FUERZA DEL ESPÍRITU SANTO

P. Milko René Torres Ordóñez

En el contexto del relato de las apariciones San Juan desarrolla su cristología para explicar el cumplimiento de las promesas de Jesús. El autor sagrado amplía su visión teológica en la dinámica de la promesa y el cumplimiento. Jesús en algunas ocasiones ha dicho: “Volveré a estar con ustedes…”.

En un ambiente de incertidumbre, al anochecer del día de la resurrección, Jesús se presenta en medio de ellos. Los discípulos recuerdan aquello que les había dicho: “Dentro de poco volverán a verme…”. Es propio de Juan el recurso a la contraposición de expresiones que tienen una fuerza pedagógica maravillosa. De la desazón, el miedo, la oscuridad, pasan a la alegría, a la luz y a la esperanza. Los discípulos se llenaron de alegría porque vieron a Jesús. Está solemne transición los va a convertir en misioneros. La promesa del envío del Espíritu Santo los llena de paz. Las expresiones de Jesús, que Juan recoge, reafirman el testimonio veraz de quien habló y predicó en función de su profundo amor por todos: “La paz esté con ustedes”. Jesús conoce el corazón y el pensamiento de sus discípulos. Recalca: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. La tibieza espiritual de los Once permite acentuar que ellos todavía no tienen claridad para aceptar la resurrección. Esperan la resurrección del último día. A modo de referencia, volvamos al pasaje de los discípulos de Emaús. Al igual que ellos, muchos, ayer y hoy, tomamos la decisión de volver a casa. En una nube de frustración y nostalgia. Resulta significativa esta consideración porque, después de contar su experiencia, tampoco dieron credibilidad a su testimonio. San Juan quiere quitarles su escepticismo con una acción transformante de Jesús, ante la cual no puede esperarse otra respuesta igual: “Reciban el Espíritu Santo…”. No pueden volver su mirada al pasado. No más negación. El don del Espíritu Santo que Jesús entrega, suma de fuerza trinitaria y presencia eterna, motiva una adhesión indisoluble a su razón de ser testigos de la fe. Misioneros y Peregrinos de Dios y del Verbo que se hace vida en cada uno de ellos. El llamado al que responden tiene un sello imborrable: el apostolado del perdón. A quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados. En la dialéctica, que puede obedecer al rechazo a la invitación a aceptar la misericordia, Jesús es determinante. A quienes no se les perdonen, les quedarán sin perdonar. Habrá, seguramente, personas que viven cerradas a la acción del Espíritu de Dios, en quienes no puede entrar cualquier rayo de esperanza. La misión apostólica de la Iglesia tiene como objetivo abrir caminos para la conversión y rutas seguras para la salvación. Aceptar al Espíritu Santo supone asumir la tarea urgente en el corazón de los hombres que vivimos en un mundo excesivamente conformista en el que predomina aquello que es novedoso y superfluo en demasía. Desde la vivencia de Pentecostés la Iglesia impulsa su llamado a salir para anunciar y hablar de la Buena Noticia. La Palabra de Jesús, su envío misionero, contiene la fuerza que levanta estructuras caídas. Sociedades débiles en su fe que no acogen la verdad de la resurrección de Jesús.