El baúl de los recuerdos: Angelita Cabrera, una maestra fuera de serie

Efraín Borrero E.

En la década de 1950 conocí a la señorita Ángela Josefina Cabrera Tapia, nacida en Cariamanga el 09 de diciembre de 1910, hija de Javier Cabrera Bejarano y María Elisa Tapia. Era conocida afectuosamente como Angelita y así la llamaré con respeto.

A nadie sorprendía verla manejando su bicicleta verde porque era el medio de transportación para dirigirse hacia El Valle, que por aquel tiempo era muy distante, en donde se encontraba la escuela en la que laboraba como profesora normalista.

Sobre la fundación de ese establecimiento educativo no existen datos ciertos; se dice que en 1937 la escuela funcionaba con una profesora que era la señora Rosario Andrade y que luego del conflicto bélico con el Perú la denominaron Teniente Hugo Ortiz, honrando el nombre del joven héroe que entregó su vida defendiendo nuestra heredad territorial, en 1941.  

A inicios de 1960 la Escuela Teniente Hugo Ortiz funcionaba en la casa parroquial de El Valle frente a la plaza. En ese espacio educativo Angelita forjó su mundo de ideales que se constituyeron en la esencia de su labor educativa, especialmente para inculcar valores en los niños. Le apasionaba su trabajo y lo realizaba con vehemencia, abnegación y sacrificio.

Uno de esos valores fue el patriotismo. Numa Maldonado al recordarla con simpatía y admiración dice que Angelita tenía un patriotismo innato: desfilaba gallardamente por las calles de Loja junto a sus alumnos equipados con fusiles de madera. Pienso que ese hecho habrá provocado burla en algún espectador sin considerar que ella tenía su propia identidad como maestra y que, con esa forma de pensar y actuar, se sentía complacida y realizada.

Con la colaboración de los padres de familia, que la adoraban por sus singulares iniciativas, hacía los fusiles de madera que eran celosamente guardados para ser utilizados en otras oportunidades.

Así fue la pasión del eminente sacerdote y abogado, Lautaro Vicente Loaiza Luzuriaga, ilustre hijo de Gonzanamá, que entre sus sueños por sacar del aislamiento en el que se encontraba nuestra provincia por falta de vías de comunicación, generó la idea del ferrocarril Puerto Bolívar- Loja – Zamora; iniciativa que la propagó entre algunos personajes representativos de la ciudad.  

Fue propulsor del periódico llamado “El Ferrocarril”, alentado por el dinamismo y motivación de Máximo Agustín Rodríguez, para que la ciudadanía pueda informarse de las gestiones que se llevaban a cabo. El primer número circuló el 10 de agosto de 1909 y el último el 26 de enero de 1910.

Dicen que era tal el entusiasmo de Lautaro Loaiza que en algunas ocasiones hizo desfilar por las calles de Loja carros alegóricos que simulaban el ferrocarril con niñas que iban como pasajeras.

Angelita pensó siempre en la educación integral de sus educandos. Consciente que la música influiría de forma positiva en el desarrollo cognitivo, emocional y social de los niños, aprendió a tocar violín, acordeón y lo que se conocía como melodio, un piano de fuelle que era común en las iglesias, en el que el sonido es producido por el aire que pasa por una serie de lengüetas metálicas. Ella tenía esos instrumentos musicales en su casa de habitación situada en la calle Colón, entre 18 de noviembre y Sucre.

Rogelio Jaramillo Ruiz me comentó que alguna vez la visitó por pedido personal; quería conocerlo y enterase cómo era la pedagogía de la enseñanza musical puesto que deseaba ponerla en práctica con sus alumnos. Viendo su loable empeño, Rogelio mantuvo algunas conversaciones con la recordada profesora, admiradora del maestro Salvador Bustamante Celi. Gustaba de sus composiciones, especialmente el vals La Morita que fácilmente aprendió a interpretarlo luego de pocas explicaciones.  

Indudablemente era una mujer de cultura. Con ocasión del día de la madre, navidad y día del maestro escenificaba sainetes infantiles. Seleccionaba a los actores a quienes repasaba varias veces; elaboraba los libretos y adaptaba el fondo musical con su acordeón. Era una mujer incansable en sus propósitos.

El ilustre maestro, Miguel Ángel Suárez Rojas, también promovía los sainetes infantiles, un tipo de obra de teatro de corta extensión que tiene un tono burlesco o cómico y representa temas populares. Quienes fungíamos de actores en la Escuela Centro Educacional de Niños Mariana Córdova de Sotomayor, teníamos que someternos a un riguroso proceso de ensayos hasta que la presentación sea perfecta.

Llegado el momento, el señor Suárez se metía en un hueco expresamente diseñado en el tablado del escenario, cubierto con una concha de madera a fin de que el público no lo pueda ver. Desde ahí hacía las veces de apuntador para recordar el texto del libreto a sus pupilos.

En el ejercicio de sus tareas como maestra de escuela, Angelita rompió paradigmas y escapó de patrones establecidos. Todo lo que hacía era mirando el interés de sus alumnos y en el ámbito de sus nobles ideales. Ciertamente que no faltaron quienes se referían a ella con ironía, pero nada le importaba porque era una mujer que vivía su propio mundo; estaba consciente que las críticas no la definían sino la autenticidad de lo que era; es decir, fue una maestra fuera de serie.

Julio Muñiz, una destacada figura motivacional, dice que alguien fuera de serie es quién logra vivir en sus propios términos, tal y como se le antoja y se siente feliz. Considera que es gente capaz de dejar huella con su trabajo, porque cambia los paradigmas.

Dice que «las personas fuera de serie ven el mundo de manera diferente, pero sobre todo hacen las cosas de manera diferente, y su éxito radica en gran parte en eso, en hacer las cosas como casi nadie las hace, y en hacer de esas creaciones hábitos todos los días».

Afirma que “cuando alguien se atreve a cambiar el orden de lo establecido, hacer las cosas a su manera, como se le antoja, como quiere vivir la vida y tener éxito, no es alguien raro, simplemente es alguien fuera de serie”.  

Recordemos que Antonio Gaudí, el famoso arquitecto español que vivió su mundo profesional por encima de todos los patrones establecidos, bajo la premisa de que la originalidad consiste en retornar al origen, y que en el siglo XIX revolucionó la visión arquitectónica de Barcelona, España, marcándola con un fuerte sello personal, estuvo sometido a muchas críticas durante su vida por sus ideas y estilos inusuales, y que su obra no fue reconocida hasta décadas después de su muerte. Luego de ese período de menosprecio esas obras monumentales pasaron a ser Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y actualmente constituyen los más representativos íconos turísticos de Barcelona, como La Sagrada Familia.  

Angelita, que era soltera, vivía con su anciana madre y la cuidaba con ternura y esmero. Se daba modos para llevarla a la escuela y estar junto a ella. Cuenta Cecilia Cárdenas Carrión que hizo construir una especie de pequeño remolque de madera para amarrarlo con una soguilla a la parrilla trasera de la bicicleta y así transportar a su madre. Confieso sinceramente que me conmovió la grandeza humana de Angelita.  

Cuando José María Velasco Ibarra asumió la plenitud de poderes el 22 de junio de 1970 y desconoció la Constitución vigente, Angelita se propuso editar un periódico de dos páginas al que llamó Rayitos de Luz, a fin de combatir a quien se había declarado dictador.

Macrina Cueva dice que Velasco Ibarra, al verse atacado dispuso que la encierren en la cárcel lo que motivo la huida de Angelita a Panamá bajo asilo político. Luego vivió algún tiempo en Santa Marta, Colombia, y finalmente regresó al Ecuador cuando los militares defenestraron Velasco Ibarra el 15 de febrero de 1972.

Ángela Josefina Cabrera Tapia falleció el 20 de febrero de 1992. Su vecina Brasilia Coronel, persona que durante mucho tiempo la asistió, estuvo con ella hasta los minutos finales. Junto con algunos familiares la enterraron en una cripta del Convento de San Francisco porque era una mujer profundamente arraigada a su fe católica y ese fue su deseo.

Comentó que siempre la conoció como una persona excepcional, lúcida y de nobles propósitos. La recuerda con su cinturón repleto de llaves porque todo lo tenía bajo candado y era muy ordenada.

No cabe duda que Ángela Josefina Cabrera Tapia fue una profesora fuera de serie, cuyo nombre no solo ha sido relegado por la memoria colectiva, sino que, en algunos casos ha sido denigrado, olvidando que “las palabras sólo deben ser dichas para construir, ayudar y enaltecer; nunca para destruir, humillar o entristecer”.