Pensar para ampliar la pluralidad de sentidos

Galo Guerrero-Jiménez

La mejor manera de aprender a vivir con dignidad para engrandecer la dignidad de nuestra existencia consiste en aprender a pensar con rigor, con rebeldía y con conciencia crítica; pues, quien no piensa en lo que hace, en lo que dice, en lo que escucha, en lo que lee o en lo que escribe, no le está dando la oportunidad ni a su cognición ni a todo el aparataje metalingüístico que es el que nos identifica en lo que somos como personas en la medida en que a nuestro pensamiento lo encaminamos a la robustez de nuestra inteligencia intelectual y emotivo-espiritual para comunicarnos asertivamente desde nuestra más genuina reflexión filosófica.

Pensar es existir, es salir de sí, siempre en consonancia con nuestra biografía; nadie puede eludir su factor histórico-existencial, que es a través del cual anunciamos y practicamos una filosofía de la finitud en el amplio contexto de la infinitud, para habitar el mundo en la medida en que hayamos elegido vivir, es decir, para construir una forma de vida que si es planificada, es porque estamos haciendo un uso racional, coherente, simbólico y pragmático en este andarivel de lo humano que, por lo regular, cada vez es más incierto, lleno de incertidumbre dada la velocidad con la que hoy avanza el desarrollo tecnológico e informático que, por no ser narratológico, se ahoga en la marea informativa y virtualizada, inmediata, instantánea y, por ende, efímera, poco efectiva para saborear la tonalidad del pensamiento.

Pues, este aparataje tecnológico-informático no le da tiempo al individuo para pensar: “La informatización de la realidad provoca una atrofia de la experiencia presencial inmediata. La digitalización, al ser una informatización, hace que la realidad se vuelva inconsistente. (…) [insustancial]. La propia realidad asume ya la forma de información y de dato. Se informatiza y se transforma en datos” (Han, 2023) y, por ende, en una ausencia de lo dialógico, pensante, narratológico y, por lo mismo, en una ausencia de un conocimiento pleno que nos permita pensar para llegar al más alto grado de una sabiduría armónica, tal como sucede cuando nos acercamos libremente a leer un texto estética, cognitiva y metalingüísticamente asumido:

“Leer un libro no equivale exactamente a leer una pantalla, sea cual fuere el texto. (…) El acto de leer corre paralelo interminablemente al acto de censurar” (Manguel, 2007), de pensar para actuar en consonancia con nuestra condición humana, incluso con alegría, porque el texto es presencia actuante, provocativa, porque “leer nos acompaña y nos ayuda a vivir o a mal vivir; eso nunca podremos saberlo a priori, pero lo que sí sabemos es que en toda lectura habita un pathos transformador” (Mèlich, 202) es decir, un afecto voluntario para repensar ese conjunto de lenguaje que nos anima a  aventurarnos en un pensamiento creativo, recreativo, actuante, porque nos permite crear nuestra propia narrativa con una tonalidad única, sabrosa, interrogativa, e incluso dudosa, tal como lo expresa Óscar de la Borbolla:

“El que piensa duda, nunca está seguro, pero se asegura de tener a su alcance otras opciones. El que no piensa tiene el triste privilegio de la seguridad, lo ha obtenido al renunciar a la infinita pluralidad de sentidos y de caminos que brinda el mundo” (2019) para empoderarse de él, de su compleja estructura existencial. De ahí la preocupación de renunciar a la pluralidad de sentidos que nos brinda el mundo, y no poder empoderarnos de él porque el mundo de la informatización, al brindarnos solo datos y más datos, nos anula la capacidad de pensar; pues, es indudable que el que piensa, por ejemplo cuando lee, amplía “las posibilidades de la existencia, pues el que piensa no solo revisa el elenco de lo que está delante, sino que convierte lo que está delante en un balcón para mirar más lejos” (De la Borbolla, 2019), narrativamente y con plena conciencia crítica de lo que significa aprender a humanizarnos.